10 octubre, 2011

El pasadizo


Conozco el pasadizo de memoria. Podría hablar durante horas del olor y la aspereza de sus paredes y del dolor rosáceo de mis rodillas después del inevitable gateo. Nunca sé cómo llegó allí, pero no me sorprende dejar de golpe nuestro mundo y aparecer ahí abajo.

No tengo miedo al hacerlo. No diría tampoco que me zambullo en una paz sobrenatural por muy subterráneo que sea el pasadizo. Nada de eso; sencillamente aparezco ahí abajo, abro la puerta, bajo los siete escalones, me agacho y allá voy, como siempre: derecha, derecha, recto, izquierda, recto, recto, recto, derecha, izquierda y no sigo que al final todo se sabe.

Y al rato
(un rato que va de quince minutos a treinta y siete, que uno no siempre tiene el cuerpo para proezas) se acaba la estrechez y me planto en el centro de un círculo del tamaño del salón de tu casa; un círculo que siempre es igual pero siempre percibo de distinta manera. No se acostumbran mis ojos a esa fina película que aparece en el suelo desde no sé dónde y que lame mis pies. No se acostumbran mis ojos a una pared distinta a la del pasadizo y a la del salón de mi casa y a la del cine del barrio. Y no me acostumbro, sobre todo, a encontrarme en ese círculo con algo distinto a la vez anterior. Algo que cuando quiero tocarlo o cuando lo miro atentamente, me expulsa de ahí abajo y acabo, como si yo fuera parte de un truco de magia, donde estaba antes. Y sin que nadie me haya echado de menos porque, dicen, no me he movido del bar ni he dejado de beber como el borracho que soy.

¡Salud!

Autor: Carlos Díaz González
Narración: La Voz Silenciosa