05 octubre, 2011

Erótica II



Él leía sin demasiado interés. Ella, con las piernas cruzadas en el otro extremo del sofá, le daba una última vuelta al crucigrama, aún a sabiendas de que no lo terminaría. Tal era su complicidad, que aunque nada parecía alterar el ambiente, como por arte de magia, de pronto les inundaba el deseo. Tan sólo era preciso un ligero movimiento de uno de los dos. En este caso, fue ella quien se subió levemente la camisola, lo suficiente para dejar al descubierto la ropa interior sin quitarle la mirada de encima, directa a sus ojos. No tenía más que dejar caer la mano sobre el pubis, como con descuido, para que él se encendiera al instante. Le encantaba mirarla en esa actitud y ella
deseaba que él actuara de igual manera. Así hacían y, mientras peleaban con ambas prendas hasta deshacerse de ellas, las manos se confundían y alternaban entre el propio sexo y el contrario. Los labios se acercaban, sin encontrarse. Este juego siempre les atrajo. Si llegaran a besarse en lo más profundo, con calma, como solían, paladeando cada milímetro de sus bocas impregnadas de sí mismos, no habría vuelta atrás. Y si algo apreciaban, era la lentitud de movimientos para alargar el placer tanto como fuera posible. El deseo iba creciendo en proporción a las caricias que se regalaban. Se servían de algo tan delicado como la lengua para degustar sabores y texturas inundando todo de saliva y sorbiendo cuanto emanase de ambos, hasta sentirse ebrios de tanto efluvio. A estas alturas, rodando ya sobre la alfombra, sabían cercana la explosión final, pero conocían con precisión el instante en el que bajar de ese estado de excitación sublime. Después de tantas delicias, él sugirió, -¿Te parece que preparemos la cena? -Nos vendrá bien reponer fuerzas.
Lo mejor estaba por venir, la noche prometía ser larga.

Texto: Isolda
Narración: La Voz Silenciosa