22 noviembre, 2011

Cena Navideña

Toda la casa está impregnada del olor del asado. Hasta el turrón huele y sabe a carne asada. No me gusta, como tampoco me gustan estas cenas navideñas, pero me obligan a asistir, no paran de darme la lata hasta que digo que sí. Todos me besan y me saludan con su falsa sonrisa de dentífrico, llenándose las copas una y otra vez para poder fingir la felicidad que no sienten. Las conversaciones insípidas se reparten por la habitación como un enjambre de abejas taladrándome el cerebro. Nos sentamos a la mesa y da comienzo el interminable baile de platos. Comemos como si fuese nuestra última cena y el mundo no amaneciese mañana…Por fin llegan los postres y llega el momento de desvelar la sorpresa que les tengo preparada. Esta cena será inolvidable…
Golpeo la copa con el cuchillo para reclamar la atención de todos los comensales.
Un haz de luz rebota en el filo mientras lo dirijo a mi garganta. Me miran con asombro, los ojos se les abren y en la boca se les dibuja una mueca de asco mientras la sangre que mana de mi cuello les salpica la cara.

Texto: Rosa MartÍnez Famelgo
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