26 noviembre, 2011

Corazón de piedra

Lucas dice que sus abuelos conocieron a otros Reyes Magos, unos entrañables ancianos que dejaban juguetes para los niños, pero yo no me lo creo. Eso se lo deben decir para hacerle rabiar, todos los viejos son iguales, y por muy abuelos suyos que sean, no dejan de estar amargados por seguir viviendo en este mundo contra su voluntad. Hace años que deberían estar muertos, pero Lucas es un blando, no tiene remedio, no sé ni porqué soy su amigo. A mí me gusta la Navidad tal y como es ahora, esos Magos Negros que según los viejos usurparon sus tronos, en lugar de dejarnos presentes, se llevan pasados. Son los únicos que nos permiten soñar con un futuro.
A mí me gustaría saber quién fue el imbécil que pidió como regalo la inmortalidad de los seres queridos, porque al descerebrado que se lo concedió si le conozco, era ese Gordo grotesco vestido de rojo que cada Navidad aparecía con un saco lleno de regalos.
Le he contado Lucas cómo controlarse, pero no me hace caso. Es fácil, cuando se acercan felices para darte un beso, para demostrarte que te quieren, lo que debe hacer es despreciarlos. Pero desde el corazón. Lo tengo comprobado, funciona, así he mandado al cementerio a todos menos a mi madre, que yo no sé cocinar todavía. Espero que me haga caso, sería muy desagradable llevarle flores el 6 de enero a él también.

Texto: Paloma Hidalgo Díez
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