18 noviembre, 2011

El despertar del deseo


Percibí la efervescencia de mi juventud cuando escuché ese jadeo que se repetía cada noche.
Todos los días, a la misma hora, en plena concentración de exámenes, abría el atlas de anatomía y esa voz rítmica de suspiros profundos erizaba cada centímetro de mi cuerpo. El libro empezaba a desdibujarse convirtiéndose en pura pornografía.
Me retorcía en la silla de mi escritorio, intentaba despegarme con esfuerzo la pernera, mi miembro crecía con la velocidad de una voz femenina que aullaba incesante bajo mi ventana.
Mi mano se disparaba, atendía a cada sensual grito con un vaivén constante. Hacía desgañitar mi garganta, dominaba mis sentidos, manipulaba mi cuerpo, me revolcaba en la fantasía de un erotismo descontrolado.
Cada atardecer mi imaginación
ideaba un aspecto distinto, esbelto, voluptuoso, cubierto de profundas y deliciosas curvas.
Los lentos quejidos me engullían, me manejaban hasta culminar orgasmos solitarios.
Una ambulancia desconcentró la espera de esa tarde, me levantó de mi trono de placer para contemplar cómo se llevaban un cuerpo cubierto por un plástico dorado y brillante.
Bajé curioso, sólo había que preguntar al portero para conocer hasta el último detalle de lo sucedido.
¿No sabes Pedro? ¡Qué pena! Es la abuela del quinto, María, la que vive bajo tu ventana, hace días que agoniza, no dormía, vivía en un constante alarido de dolor. ¡Por fin descansó la pobre!

Texto: Inma Vinuesa
Narración: La Voz Silenciosa