01 diciembre, 2011

25 de diciembre

Fum, fum, fum.
Se levantó del sillón, abrió la ventana y el aire gélido se abrió camino entre el humo acumulado en el salón. Unos copos de nieve también se colaron, ingrávidos. Las luces navideñas iluminaban la calle, llena de gente cargada de bolsas. Las tiendas aún estaban abiertas, apurando las ventas dos días antes de Navidad.
Fum, fum, fum.
Era feliz. Adoraba la Navidad, su alma se llenaba de cariño, deseaba dar, vivir, amar. Adoraba todos los tópicos navideños. Todos, menos la tediosa costumbre de tan dorada y luminosa decoración. Su casa estaba como siempre, ‘quizá un poco más desordenada’, -pensó. 
Fum, fum, fum.
Apagó el cigarrillo y la miró. Recostada, en el sofá. Mirando al infinito, con cierta tristeza que la embellecía aún más. “Qué afortunado soy”. Se acercó y le tomó la mano. Ella no se movió. Estaba fría como el helado aire de la ventana. “Mierda”,-pensó.
Fum, fum, fum.
Ahora tendría que salir a la calle. Odiaba salir a la calle, sobre todo en invierno. Pero tendría que hacerlo. A ésta la tiraría en la callejuela, esa misma noche. No había aguantado; la siguiente tendría que ser más fuerte, debía elegir mejor, y pronto. Era una época difícil…una pena, separarlas de su familia en estas fechas, una lástima. Al principio lo pasaban mal, ciertamente. 
Pero de ninguna manera podía él pasar las Navidades solo, sin amor.
Con lo mucho que le gustaba la Navidad.
Fum,
Fum,
Fum.

Texto: Teresa Giraldez
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