02 diciembre, 2011

Mi última Navidad

Recuerdo la navidad del 56, cuando aún era un crío, había pedido una bicicleta, era fantástica, negra completa, tenía una campanilla, que al sonar parecía que todos los pájaros trinaran para mí, soñaba con tenerla, cada tarde la veía en la tienda al salir del colegio, y me iba soñando en los flamantes paseos que haría sobre ella. 
Mi madre me dijo que no perdiera tiempo y le escribiera la carta a Santa Claus. Y así lo hice, esa misma tarde la escribí. Aún recuero lo entusiasmado que estaba. La iríamos a dejar al correo al otro día. 
Pasaron los días, y ya en noche buena, habíamos cenado, mi corazón estaba intranquilo, miraba el cielo a cada instante, esperando ver algún indicio de que él llegara en su trineo con mi bicicleta negra… mi madre me envió a la cama poco antes de la media noche. Sin embargo no podía dormir, todos los años era igual, me quedaba esperando en silencio tapado bajo las sábanas, y ante el menor ruido sospechoso,
salía corriendo a tratar de verle, al menos salir por la ventana, sin embargo siempre, el árbol de pascua iluminado, me mostraba que había llegado tarde, los regalos yacían en él, pero ni un rastro del Viejo Pascuero había.
Esta vez, lo esperaría despierto, sin perder ni un segundo y le agradecería el regalo, de seguro, que me lo traería, porque había sido un buen niño ese año. 
De pronto, oí que mi madre conversaba con alguien, y eso era muy extraño, ambos vivíamos solos, y mi mamá no tenía amigos en el barrio. Me acerqué despacio a su dormitorio, y vi, lo que nunca hubiese querido ver ni oír:
Era el maldito santa Claus, semidesnudo, sobre mi madre:
__¿quieres que me deje la bicicleta a tu hijo o no?
__sí, __le decía ella__ sólo haz lo que tengas que hacer.
Él se despojó de su abrigador traje, se hizo un moño en el pelo y se metió en la cama con ella. A esa edad, yo algo sabía sobre las relaciones de los adultos, y ese día me quedó claro, que todas las cosas que se decían sobre ello, eran ciertas.
A los pocos minutos, (debemos recordar que ya era un anciano), se levantó y se vistió, Y un par de enanos, bajaron un enorme paquete de regalo desde el trineo: era mi bicicleta. Yo estaba oculto en el último peldaño de la escalera. Cuando seguí escuchando disparates.
__ pronto te visitaré para llevarme al pequeño.
__sí, __le dijo ella___ trata de avisarme, para tener a mi hijo durmiendo.
__lo haré. __Dijo mientras su pesado cuerpo se metía en el trineo mágico.
Me confundí unos momentos, pensé que él vendría a buscarme. Y que mi madre iba a ser cómplice con él y me regalaría. La idea me aterró durante mucho tiempo. 
Hasta que lo descubrí.
Pero antes, quisiera relatar que sucedió con la bicicleta fantástica.
Al otro día, vino mi madre con sus ojos tristes, pero sonriendo, a decirme que Santa Claus había venido durante la noche. Y que me levantara a abrir el regalo. Por supuesto, fingí, al igual que ella, dije que me llenaba de emoción y abrí mi regalo feliz de la vida, incluso la probé y salté de júbilo. Pero me dolía, me dolía verla, tocarla, sentirla. Ese regalo no era más que un chantaje, que una sucia adquisición, me sentí culpable de pedir algo tan caro, que mi mamá no haya podido comprar con sus propios medios, y tener que esperar a navidad para que un desviado Papá Noel, la intimidara. Sin embargo, a los os días después, salí cerca de la línea del tren y la deposité en medio de esta, para que la triturara, y así fue. 
Regresé a casa abatido, verdaderamente, abatido. Y le dije a mi madre, que lo sentía tanto, pero que me caí en medio de la línea del tren y que alcancé sólo yo a escaparme de su furia, que la bicicleta me había quedado atrapada, y no quedaba ya nada de ella.
Mi madre apretó los dientes, y me abrazó, debe haberse sentido pésimo, triste, que tanto esfuerzo no valiera para nada. Pero, feliz que al menos yo estuviera vivo. Y a su vez, yo me sentía menos sucio.
A los meses después, sentí un extraño ruido, y recordé que él regresaría a buscarme, yo me había armado, tenía en el velador un cuchillo de cocina, que le había sustraído a mi abuela. Y lo saqué.
Bajé las escaleras y me posé cerca del dormitorio de mi madre. Otra vez, miré por la cerradura y lo vi, ya no vestido de rojo, sino como un hombre común y corriente, y con su pelo blanco recogido en un moño. 
__me lo llevo __dijo.
__¿me dolerá? Preguntó mi madre
__no, esto es magia __contestó.
__bien dijo mi madre y cerró los ojos. El hombre se abalanzó sobre ella y metió sus manos en su bajo vientre, sacando un duende pequeño casi del porte e su mano. 
__en unos meses estará listo para trabajar junto con todos los demás __le explicó a mi madre.
Ella estaba espantada, pero comprendió. 
__si tu hijo pide algo que tengas problemas en darle, avísame __le dijo__ necesito seguir produciendo enanos.
Ella asintió.
Maldito viejo Pascuero, se aprovechaba de la gente humilde que no tenía dinero para hacerles obsequios a sus hijos, y de paso, procreaba enanos mágicos para hacer su trabajo. Y ellas, las madres o padres, no quiero ni pensar, aceptaban todo, con tal de darle felicidad a sus hijos. 
Nunca más pedí nada para navidad. Aunque a la navidad siguiente le escribí la última carta, y le dije que me vengaría…
Desde ese momento eché a andar el rumor, y decidí contarte a todos que el Viejo Pascuero no existía, y los regalos de navidad no eran más que mentiras obscenas de los pares, para estimular la fantasía… Y aun sonrío la cara que pone cuando se entera que cada vez más pequeños los niños ya no creen en su existencia.
Texto : Daniela Gallegos Valenzuela
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