10 diciembre, 2011

Comida de Navidad

El anciano contemplaba apesadumbrado el cadáver del muchacho. Lo había encontrado ese amanecer, el del día de Navidad, en el cobertizo donde guardaban el cerdo y las pocas provisiones que habían podido reunir para pasar el invierno. Seguramente el muchacho había oído a los saqueadores y había intentado detenerlos él sólo. Era un buen chico pero corto de luces, debería de haberle avisado porque él estaba ya muy sordo y no había sentido nada. El cerdo y toda la comida habían desaparecido.

Lágrimas de pena y desesperación resbalaban por la cara del viejo. Había querido mucho a este nieto desde el día en que sus padres,

huyendo de la crisis económica y de los sangrientos disturbios que asolaban el país, se habían refugiado con él y sus hermanos pequeños en la granja familiar. De eso habían pasado ya varios años y la situación se había vuelto cada día peor. El desabastecimiento y la salvaje anarquía eran ya totales en todo el mundo.

Al principio ellos pudieron defenderse con lo que cultivaban y con los pocos animales que les quedaban. Pero en los dos últimos años, la sequía había sido terrible y la situación se hizo tan desesperada que su hijo se había marchado de la granja para intentar encontrar comida como fuera; de eso hacía meses y no habían vuelto a saber de él. Su nuera había muerto poco después de su marcha, consumida por la pena y la debilidad.

El muchacho había sido desde entonces la única ayuda que el abuelo había tenido para sacar adelante a los hermanos pequeños y a la abuela invalida. Ahora, sin él, no sabía como podría arreglárselas.

“En realidad, tampoco eso importaba mucho, pensó abrumado, sin nada de comida pronto moriremos todos.”

Ya antes del asalto su situación era tan desesperada que el viejo había decidido matar al cochino, su último recurso, para que los niños tuvieran por lo menos una buena comida de Navidad. Llevaban días soñando con ello. Seguramente sentirían más la desaparición del cerdo que la muerte del hermano.

El pobre viejo cogió el cuerpo del muchacho entre sus brazos mientras besaba el rostro inerte. A pesar de las privaciones había sido un buen mozo y pesaba bastante. Una idea atroz se coló despiadadamente en la cabeza del abuelo que intentó inútilmente desecharla. Se quedó paralizado con el muchacho en los brazos. Así pasó largo rato, hasta que una determinación feroz le hizo moverse. Colocó al muchacho sobre el caballete dispuesto para la matanza y cogió con mano temblorosa el hacha de despiezar carne. Él no comería, pero los niños tendrían su comida de Navidad.

Texto: Esperanza de Pablos Valencia
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