10 diciembre, 2011

El árbol de Navidad (Conversaciones con una madre muerta)

Aún no he puesto el árbol de Navidad, y en cambio, las calles hace días que exhalan el ambiente propio de esta época, con luces y villancicos de telón de fondo en los grandes comercios. Se palpa también el frío, y que el próximo jueves los colegios cierran tras las representaciones infantiles. He de darme prisa para conseguir la decoración. Cada año me pasa igual. Soy muy despistado, aunque guardo algo en la cocina. Sólo son restos de prudencia, porque cuando llega la víspera de Nochebuena, resulta inevitable el deseo de usar ornamentación nueva, reciente. Odio lo viejo, como ese reloj oxidado. ¿Las cinco? Es la hora. Me voy a por los adornos. Regreso en un santiamén.
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No refresca demasiado fuera. O quizás la carga ha hecho que entrase en calor. Sí, los guantes están sudados. Mucho esfuerzo. Pero sólo por el placer de sentarse en el sillón con una copa y admirar, tranquilamente, mi flamante composición, vale la pena, ¿verdad? Ahora, a trabajar. No debo entretenerme. Tardaré unos minutos en romper los envoltorios y luego un buen rato en arreglar el arbolito. Y es que los niños estrangulados parecían sanísimos… Será complicado despedazarles nítidamente. Casi seguro que, además de acicalarlo con los dedos de las manos y de los pies, colocaré entre las ramitas sus ojos y las orejas, y tal vez ambas narices, siempre que el corte sea limpio. Y como novedad, extraeré los sesos del cerebro desparramándolos, a modo de brillantina, alrededor del tronco. Quedará bien.
Texto: Miguel Alayrach Martínez
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