16 diciembre, 2011

Depresión navideña

Decir con exactitud la fecha en la que empezó todo, me sería imposible. Son esas cosas de las que no te das cuenta. Un día se tropieza con el otro, hasta que estás ante el hecho consumado. A veces incluso contribuyes tú mismo, sin saberlo. Nunca hemos sido desconfiados ni egoístas, es más, hemos querido compartir siempre nuestras alegrías con todo el mundo. Ahora puedo decir con conocimiento de causa, que quizá eso haya sido nuestra perdición.
El mal ya está hecho. No levantamos cabeza, cuando no es uno, es el otro y sino los camellos que, del poco caminar están artríticos. Y de los regalos, ni te cuento. El oro nos lo robaron. El incienso huele a rancio porque se nos acumula. No podemos competir con los ambientadores. La mirra acaba siempre en la basura porque ni saben qué es.
La venta por catálogo ha hecho estragos aunque lo que nos produce realmente mal cuerpo es, el no saber cómo combatir a ese advenedizo, que trabaja sólo, se cuela por las chimeneas y trae regalos endemoniados, con instrucciones en inglés.
Antes, las criaturas tenían una predilección por Baltasar, pero en las últimas cabalgatas los padres no hacían más que insultarle, le decían que se fuera del país y nos tuvimos que quitar el turbante, para evitar malentendidos.
Nuestra situación es desesperada. Hemos pedido un traslado, pero el de arriba nos ha dicho que en los demás sitios aún es peor. Allí ni nos conocen.
Texto: Mei Morán
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