22 diciembre, 2011

¿Feliz Navidad?


Hacía un frío maravilloso, de aquellos que obligan a prescindir del cuello y a enfundar las manos en unos guantes sucios. Ver el dibujo de su propia respiración empañar los cristales de los escaparates le divertía. En uno de ellos, un árbol de Navidad enorme asombraba a los niños y provocaba exclamaciones en los adultos. Silvia se quedó plantada como el decorado árbol, recreándose en las luces y en su vaho, sintiendo el suave y acogedor tacto de la bufanda, creyéndose, por unos instantes, afortunada.
― ¡Silvia! Casi no te reconozco tan tapada, pero esos ojos…
Un escalofrío caliente le recorrió la espalda; cerró los ojos y, en unas milésimas de segundo, deseó que esa voz tan sólo fuera la reverberación de una mentira del pasado.
―Franco, hola. ¿Cómo estás? ―Debía haberse puesto el gorro de lana que le tapaba completamente la cara―.
―Mira, haciendo las últimas compras de Navidad, como tú, supongo…
El cuerpo de Silvia quiso echar raíces sobre la acera agarrándose al momento para no caer, para no viajar a unos días tan lejanos como la estrella Polar. Pero no pudo. Esa voz era el olor de la felicidad perdida, de la pasión sin puertas, de las noches infinitas y de los días fugaces, del sudor del verano empapado en las sábanas, de caricias incitantes, de besos fulgurantes, del sexo impaciente y del sexo
porque qué otra cosa mejor que hacer. Se quitó los guantes, se frotó los dedos huérfanos de anillos y retiró del rostro la bufanda que empezaba a asfixiarla. Franco seguía hablando de cómo le iba la vida de bien, de cómo tenía una esposa y un hijo y un trabajo, y Silvia no retenía toda esa información que le parecía superflua. Le hubiera preguntado si sentía la piel de su actual amante como sintió la suya alguna vez, si el sabor de su pubis era tan salado como lo fue el suyo, si se perdía en sus ojos como se perdió en los de ella cuando tenía un orgasmo, si la deseaba con dolor como la llegó a desear a ella alguna vez, alguna vez. En cambio le preguntó banalidades, costumbres atónitas, cansinas. ¿No es más importante saber si aún mordisquea la oreja de su amante cuando la penetra o si sigue quedándose dormido sobre su pecho como después de hacerle el amor a ella? Le gustaría saber si continua usando esos calzoncillos tan feos o si aún hay que hacerle el nudo de la corbata o si aún toma el café con dos de azúcar y un chorrito de anís; si aún lee el Quijote cuando no puede dormir o si aún es el mejor jugando al Trivial. Aunque lo que realmente deseaba comprobar era si la recordaba de vez en cuando, si la echaba de menos cuando alguien recita una poesía o el sol arde tanto como aquel verano.
―Y tú ¿cómo estás?
―Yo sigo igual que siempre ―fue una mentira tan grande que pareció verdad. 
Él sintió sus escasas palabras durante un silencio cálido en el que le acarició la cara.
―Feliz Navidad, Silvia ― Franco se alejó cargado de sus bolsas y su vida.
 Silvia no tuvo más remedio que desabrocharse por miedo a morir asada, quemada en los rescoldos de un fuego antaño fabuloso. Volvió a escuchar los villancicos que escupían los altavoces callejeros e intentó perderse de nuevo en el vaho de su aliento, en el frío del aire, en los adornos, pero ella ya se había quitado el abrigo e intuía el enorme árbol de Navidad entre lágrimas.

Texto: Anabel Consejo Pano
Ilustración: Elísabet Bertolín Consejo
Narración: La Voz Silenciosa