01 diciembre, 2011

La residencia

—No puedo creerme que hayas mentido –le espetó en cuanto se alejaron unos pasos de la residencia.
—Pero mujer, si el viejo se lo ha tragado de punta a rabo.
El fulgor en su mirada y el cigarrillo apretado entre los dientes, señales inequívocas de la satisfacción que le producía conseguir dinero fácil.
—¿Y si descubre que su sobrina no soy yo? —insistió.
Necesitaba una respuesta que acallara, de una vez por todas, su conciencia.
—Imposible. Sois como dos gotas de agua. Además —prosiguió desafiante—, me aseguré de dejarla bien enterrada.
—¿Qué?
Se paró en seco y con estupor le miró incrédula.
Texto: Geli Gómez