07 diciembre, 2011

Pájaro negro

Pasé el día trabajando, no me interesa tu hermana, ni tu cuñado, ni sus compinches —digo con rabia creciente. Ella sabe que yo preferiría dormir desde ahora hasta que al circo de la navidad le hayan clausurado la puerta. 
—Nos esperan a las nueve y media. Salimos de casa a las nueve.
No sé cuáles palabras tendría que pronunciar, qué gestos serían los adecuados para que entendiese.
Extraña reunión. Grotescamente extraña, como un ojo en medio de la frente, como el chaleco verde de ese morocho pasado de moda cuarenta años. Mi abuela tejía chalecos de hilo así, iguales. Solía creer que sólo a las mujeres les dolía la cabeza, llevo desengañado un tiempo que ya se hace largo. Si fuera a buscar los analgésicos que tengo en el saco todos los que están sentados de este lado deberían encogerse para dejarme pasar, como en el cine. Mejor aguanto. Sería capaz de ofrecerle guita al pelado aquel con tal de que cierre el pico, sería capaz de meterle un tiro también. Este cine pasa una película de corte fantástico: los adornos de la repisa lo confirman. Entre tanto cachivache, ese pájaro de piedra es
el que se lleva las palmas. Hace varios minutos que tolero los puntapiés de mi mujer, algo querrá señalarme. Últimamente esta es la forma en que se comunica conmigo. Nada de tomar mi mano o sonreír. Nada de hablar como cualquier ser humano,! siquiera. Señora mía: la próxima patada que reciba, le va a usted de vuelta. Después de todo no estaría nada mal que esta película insoportable diera un brusco giro hacia la acción. Mi abuela a las películas las llamaba cintas y al cine biógrafo, pobre vieja, la única mujer que realmente me quiso. Justo arriba del cuello, del lado izquierdo, allí es la puntada. El ojo que está del mismo lado también duele. Ese pájaro parece un cuervo, creo oírlo graznar. Sigue pegando, pero sus golpecitos ya no molestan. Mientras levantan los platos y yo no recuerdo haber comido, su sobrina dilecta intenta decirme algo. No la escucho, me siento mareado, lejos. Estos tipos bailan con la misma gracia que un tronco. Buen bailarín y mejor cantante es lo que siempre quise ser. Ya que tengo público, pruebo con los agudos del Ave María. Ella grita. No, es el cuervo. El pozo no tiene fondo, un hombre morocho vestido de verde me observa con cara seria e intenta detener mi caída.! No puede, voy bajando en picada. Sus esfuerzos resultan vanos! y me ca usan gracia. ¡Cuánto tiempo que no me reía así! La última vez, en la escuela para varones “San Lázaro”. Nunca entendí qué clase de santo era, o es, o cuáles favores hace. Aprovecho la navidad y lo invito. 
—¡San Lázaro! —llamo. 
—¡San Lázaro! ¡San Lázaro! —repito tan fuerte como puedo. No viene, es igual nada podría arruinarme esta alegría. 
Mejor me pongo serio, al pájaro no le gusta mi risa. A mi mujer tampoco, veo que está llorando.
Texto: Patricia Nasello
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