15 enero, 2012

Me rindo


No puedo finalizar. Estoy exhausto. Nunca habría deseado alcanzar la meta en esta carrera de nuestra vida en común, pero tú me has llevado por el único camino que conducía a ella. Una maratón de desidia, sinsabores y desamor que ha consumido todas mis reservas de glucógeno sentimental, hasta el punto de que ya no me queda energía para un simple “te quiero” y una caricia se convierte en un esfuerzo sobrehumano.
Al principio comencé en buena forma. Poseía un estado físico adecuado para la distancia, forjado con la experiencia de alguna relación previa que entrenó mis emociones y fortaleció mi autoestima. También estaba preparado desde el punto de vista psicológico, pues había aprendido de nuevo a sonreír y dominaba la técnica de carrera en compañía, tanto en cortas como en largas distancias. Por eso decidí correr a tu lado, sin importarme
la marca a batir ni el ritmo que fueras a imponer, convencido de poder afrontar el reto.
En los primeros meses, mi cadencia se acompasaba con la tuya y los kilómetros avanzaban con facilidad. Nuestra frecuencia cardiaca era algo elevada, aunque no había motivo por el que preocuparse. Pero tu cambio de ritmo me pilló con el pie cambiado: comenzaste a esconder tus besos y a regatear atenciones, de manera que me fui quedando rezagado y la distancia entre ambos se fue incrementando con el paso de los días. De hecho, llegados al primer avituallamiento, mi necesidad de líquido y de cariño era anormalmente elevada. Y mi organismo sufrió ese déficit: ya cansado de tus silencios y con agujetas en mi deseo hacia ti, las piernas no me respondían y una simple cuesta arriba se hacía tan dura como un día sin hablarnos. No había transcurrido ni la mitad de la prueba y tu silueta se difuminaba, cada vez más alejada de mi posición, que ya no compartías ni a la hora de irnos a la cama.
Desde ese momento hasta hoy todo han sido obstáculos en la pista; tú has seguido veloz, sin mirar atrás, imponiendo un ritmo demasiado elevado para mi umbral aeróbico. Mi corazón se ha perdido tratando de progresar hacia tu incomprensión y he olvidado ese afán competitivo de pelear por alcanzarte en cada zancada. Por eso vislumbro, agotado, la pancarta que señala el final de esta competición, en la que has conseguido la medalla de oro al egoísmo.
Al igual que en el deporte, contigo siempre creí que lo importante era participar. Participar en tu vida, ser protagonista de tu pasión y objetivo de tu mirada. Pero me has ganado, llevándote como trofeo un parte de mi alma. Ya no quiero formar parte de tus victorias.

Texto: Miguel Ángel Díaz Fuentes
Ilustración: Camino Roque
Narración: La Voz Silenciosa