22 febrero, 2012

Bilis


Dice Chinaski en "Música de cañerías": “–Sabe, doctor, la sabiduría llega a una hora infernal… cuando la juventud se ha ido, la tormenta se ha alejado y las chicas se han marchado a su casa”.
Jorge lee esto y piensa en su padre, Jaime. Jaime siempre trabajó en la misma empresa ganando un sueldo de clase media con el que no hacía gran cosa porque era un hombre sin aficiones. Sólo tenía un sueño: poder dejar de trabajar para rascarse los huevos. Claro que si se le hubiera cumplido habría terminado matando a alguien, porque era un hombre irascible. No tenía amigos, le zurraba a su mujer y más de una vez le zurró también a Jorge, hasta que Jorge le zurró a él y se fue de casa para siempre, dejando a su padre en el suelo con sus lágrimas: “Mi hijo me ha pegado, ¿adónde vamos a parar?”.
Lindando los sesenta, Jaime enfermó de gravedad, le dieron la baja por invalidez y lo indemnizaron con una suma espectacular. ¿Para qué, si estaba a las puertas de la muerte?
De modo que no murió: al odio que tenía dentro se le añadía ahora una enorme cantidad de dinero a la que aferrarse.
Y ahí estaba, en la frontera de los setenta: sin moverse de casa, sólo se sacaba la mano de los huevos para darle un par de hostias a su mujer. Pero mientras él estuviera vivo, nadie tocaría su dinero. De pronto había adquirido el único defecto que no había tenido nunca: la avaricia.
 
Texto: Rafael Blanco Vázquez
Narración: La Voz Silenciosa