13 febrero, 2012

Tablas


Nos sentamos. Un saludo inicial, protocolario, más distante y frío de los que acostumbramos, dió paso a nuestro juego.
Te tocó mover primero: Las Blancas cayeron de tu lado y las Negras del mío. Te decantaste por una apertura de centro, y esos movimientos de imitación ya escritos siguiendo el guión de los maestros, nos llevaron a las posiciones igualadas y previsibles del gioco piano de la defensa italiana. No podía ser de otra manera porque antes, mucho antes de empezar a jugar, sabíamos que no podíamos hacernos daño.
Sin embargo, algunas de mis intenciones avivaron tu curiosidad dormida, y te acercaste titubeante hasta el umbral de mi puerta, que encontraste entreabierta, pero
el miedo a entrar del todo y verla cerrar a tus espaldas, te hacía esperar, quieta, escrutando el interior oscuro de mi estancia ancha, balanceando tu cuerpo en el filo de un escalón, sin atreverte a dar el paso decisivo que te hiciera caer y rodar, engullida por tus propios impulsos.
Volviste entonces sobre tus pasos y me enseñaste tu camino, esperándome, mirando de reojo, preguntándome con tu mirada hasta donde sería yo capaz de seguirte; y tras de ti fui, decidido a ganar la partida. Detuviste tu huída y, desafiantes, tus ojos encontraron los míos, esquivos, tan llenos de anhelos escondidos con ansias de salir. Sacrificamos piezas clave en luchas que, con intención premeditada, hicimos que fueran vanas y finalmente me detuve a dos pasos de ti, sabiendo que las reglas del juego no permitían que nos acercáramos más.


Hicimos tablas. No podía ser de otra manera.
Texto: Miguel A. Brito
Fotografía: Tablas (Miguel A. Brito)
Narración: La Voz Silenciosa