26 febrero, 2012

Una lágrima entre los dedos.


Coloca con delicadeza la lágrima de cristal debajo del ojo derecho y se aleja para apreciar el resultado. Siente esa sensación de vacío, de irreparable pérdida, casi de orfandad, que le invade cuando finaliza una obra y ha de separarse de ella. 
El resultado nunca es perfecto. Aunque esta vez ha estado cerca. La imagen parece tan viva..., las lágrimas son tan reales al deslizarse por el marmóreo rostro que, al rozar la más cristalina con sus dedos, esta se hace agua entre ellos.
Se apoya sobre la escultura de la hermosa dama y siente como la carne de ella, contundente y cálida, late bajo sus dedos.
Tiene que ser el agotamiento, veinte horas de trabajo diario durante meses, pasan factura.
Una voz suave que sale de la boca de la efigie, repite las palabras que años atrás pronunciara el gran maestro: “un día tu obra será tan perfecta, tan tuya, que cobrará vida y no querrá separarse de ti”.
Texto: Yolanda Nava Miguélez
Narración: La Voz Silenciosa