08 marzo, 2012

De ti sólo quiero, lo que te quiero.


A veces me pregunto si te aquejan dudas sobre mi cordura, si esta emoción que se me escapa de las manos, que se filtra en la horas del día y del sueño, te resultará extraña, como extraña resulta la alienación o la extravagancia.
Ni yo mismo encuentro, explicación para esta desazón mía, para la dulce alegría de pensarte, para el descaro de irrumpir en tu vida con mis ensoñaciones que son en realidad deseos de pequeños milagros que sólo contigo quisiera compartir.
Si supieras con que avidez te veo, si supieras como el saberte cercana conforma en mí una trama de ánimo que me ayuda a sobrellevar la rutina de los días, si supieras la decepción que siento, cuando en mi otro mundo te busco y no te encuentro, pensarías, sin duda, que mi biografía ha sido dura castigándome con tamaño desequilibrio mental.
Porque para gozar de esta inquietud exquisita que me inspiras hay que
traspasar un límite y dejarse llevar.
Es como aprender a nadar.
Yo sin querer, por la fuerza del cariño que te tengo, he saltado a esa otra dimensión dónde viajo en tren a tu lado, contemplo la luna sobre tu cabeza, bailo encima de un piano, corro entre altas espigas verdes de tu mano, hablo en francés, y te escucho saboreando una taza de café sobre una alfombra persa.
Y me siento bien, nada perturba mi deleite, y me perdono las cosas y perdono al mundo, y creo en este Dios tan lejano, y te pienso, y mi corazón me dice que ya no quiero nada, porque te tengo.
De ti sólo quiero, lo que te quiero.

Texto: Michel Manuel Canet
Narración: La Voz Silenciosa