12 abril, 2012

Agujas de oro en la carne


Lo apretó entre las manos y luego lo abrió. Un sonido seco y dispar dio paso a un pálido destello que cortó brevemente las sombras que envolvían el lugar. Su rostro apenas se podía distinguir. Aun así, fue recortando con sus dedos el borde de cada pieza, florecían desde la turbiedad agitándose en sus manos. El frío tacto avanzaba, soslayando sus ojos. Aquel pequeño cofre oscilaba resistiéndose a desaparecer. Estaba allí, casi que era una certeza. Dejándose de perplejidades, continuó desvelando el contenido, remanente de las muchas horas: abrazos de roce sutil y detenido, confluencias que se estrechan tras la palabra y el silencio, lugares alumbrados por las promesas que salen cada vez que se retira el desánimo, conflagraciones eventuales de las que dimanan acuerdos que luego se olvidan con todo lo demás, también lo besos… Habían arribado allí, refugiándose de la mala memoria y su habito de licuar y mezclar las cosas. Pero, en un momento de esos apagados en el que los otros son nada más que formas irreales que se mueven en otro tiempo, lo encontró. A pesar de la penumbra pudo reconocer las formas que lo decoraban. Figuras desdibujadas de color marrón y malva que retrataban alguna escena. Estaba allí, con ojos ausentes. Una a una extrajo cada pieza, dejándolas hundir, parpadeaban como pequeños faros y luego se apagan para refundirse por completo. Su rostro, apenas se podía distinguir.

Texto: Marian Alefes Silva

Narración: La Voz Silenciosa