05 abril, 2012

El trato


Pase, siéntase cómodo. Sí, ese cuadro es un Magritte. ¿Lo conoce? Me inquieta un tanto cómo pinta de cuerpo entero al hombre de traje y bombín, pero le tapa el rostro con la manzana verde. ¿Quiere un puro? No, no me ofendo, está bien. Yo fumaré uno si no le molesta. Pero qué le puedo ofrecer. A ver, ¿le gusta el coñac? Este es bueno. Aquí tiene.
Vea usted, en cierto modo yo soy un artista, soy un gran observador. Tengo debilidad por los rostros, las narices aguileñas, las orejas pegadas, los mentones viriles. Estudio las líneas de expresión en la cara de todos. Tengo talento para ello.
El hijo del hombre fue mi primer objeto de arte. Volverme coleccionista cambió mi vida, en efecto. Me hizo notar que cada objeto de arte es único, igual que un rostro. Y si el objeto es bello, puede volverse muy preciado, deseado aún más que un encuentro sexual con una mujer apasionada. Esta idea me llevó a otra. ¿Más coñac?
En una fiesta, conocí al guitarrista de cierta banda de rock. Tenía cabello brillante y largo hasta los hombros que le daba un aspecto salvaje, de oveja descarriada. Más tarde lo invité a tomar unas cervezas en mi casa. Él aceptó. Después de dos o tres botellas, le hice una

propuesta. Le ofrecí un millón de dólares por su melena. A él le pareció gracioso y, por seguirme la corriente, dijo que sí. Hicimos trato, claro. ¿No ve…?
Pero no quiero hacerle perder el tiempo con mis recuerdos. Como le dije por teléfono, quería plantearle un negocio muy interesante. Me interesa su nariz. El mundo ha contado, como mucho, con un par de narices como la suya. ¡Tiene un corte, un perfil! Es usted un privilegiado. Es una nariz sugerente, atractiva, masculina. Dígame un precio por ella, le doy lo que quiera.
¿Ha visto? Es muy bueno el coñac, es exquisito. Sírvase otra copa, buen amigo, y piénselo. Mientras tanto yo fumo otro puro. Qué tarde apacible. ¿La verdad? Me alegra que haya venido. Quédese un rato más conmigo. Verá cómo cae la luz. Es fantástico cómo juega el fin del día con los colores del vitral. No hay nada como la muerte anónima del día. Mira uno los jardines y se queda extasiado. ¿Y qué me dice, acepta? El precio lo pone usted. Anímese, varón, pida lo que quiera.

Texto: Verónica Andrea Ruscio
Narración: Susana Santamarina
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