22 abril, 2012

Irene


En la habitación un silencio sordo, en la cama postrada, ella, con su calidez. Entre sus pálidas manos lleva un rosario perlado, que alguien, unos minutos antes había confiado.
Unos suspiran, otros lloran y, la luz de los cirios en la blanca pared dibuja volubles siluetas angelicales.
Fuera de la estancia a través de la ventana adornada por tules negros, el decrepitar de las ramas del olmo, arremeten contra el ventanal, como si quisieran entrar en la alcoba y, arropar con sus hojas el cuerpo inerte de Irene.
Ella fue la primavera, la mujer alegre, templada; su cabellera negra como la pez; lleva puesto un hermoso vestido azul con puños y cuello de blonda.
Su pecho, que horas antes se agitaba agónico, ahora, permanece relajado.
Irene exhaló su último aliento, el viento cesó y, un perfume a lirios inundo la estancia.
Había muerto la mujer, y se incorporó el Ángel, el más bello y sereno ser.
Allí quedaron los avenidos, rezando plegarias ante aquel cuerpo hermoso que yacía como estatua de mármol, como rosa fosilizada.
Texto: María Estévez

Narración: La Voz Silenciosa