01 abril, 2012

Los dioses que pueblan los Eddas


Pablo llegó a media tarde al aeropuerto de Gardermoen y buscó el anuncio del siguiente vuelo para Tromso, donde en esta época del año era fácil conseguir verlas, luego ya solo quedaba cruzar los dedos y esperar la buena suerte, porque son caprichosas y aparecen o no según su real antojo, o eso era al menos lo que aparecía escrito con una perfecta y diminuta caligrafía, en los márgenes de un viejo libro de cartografía de Escandinavia y el Círculo Polar Ártico que compró en el rastro por 5 euros. En la primera página aparecía escrito: “Este libro es propiedad de Fina Pemán Villarín. Hoy es 13 de marzo de 1952. Un día perfecto para avistar una aurora boreal en Tromso”.
Cuando Fina fechó el libro todavía faltaban treinta y dos años para que Pablo naciera, pero enseguida quedó cautivado por aquella mujer que en la España bruna de principios de los cincuenta se dedicaba a soñar con la luz de las auroras boreales. Los mapas estaban repletos de notas manuscritas, flechitas, círculos, cruces e indicaciones hechas con un
afilado lápiz rojo, desde Stavargen, en el sur, hasta las islas del Lafoten y la costa del Cabo Norte por encima del Círculo Polar Ártico.
Allí se detallaba los mejores lugares y las fechas más idóneas para conseguir avistar las mágicas auroras. Y entre todos destacaba a Tromso “debido a su situación geográfica con respecto a la rotación de la Tierra”, figuraba anotado con una perfecta caligrafía en el margen de la página.


Fue tanta la fascinación que sintió por aquel hallazgo que durante los meses siguientes se dedicó a planificar su viaje a Tromso coincidiendo con las fechas que Fina señalaba como las más idóneas, es decir a principios del mes de marzo. Buscó vuelos, enlaces, alojamientos. Recopiló cuanta información pudo sobre las auroras polares y llegó a sentir como si el entusiasmo y la energía vital que escondían aquellas notas manuscritas los hubiera absorbido él sesenta años después.
Pero cuando Pablo llegó a Oslo no estaba contento. Las condiciones atmosféricas eran adversas y durante las últimas semanas las auroras boreales habían sido más bien escasas. Parecía que su viaje iba a resultar lamentablemente infructuoso.
En sus primeras noches en Tromso los malos augurios se cumplieron y las esquivas auroras no dieron señales de vida. La decepción empezó a rondar su ánimo, pero se dio cuenta de que el día que amanecía era el 13 de marzo, justamente el día en que Fina dató su libro sesenta años atrás.


Pablo, con el viejo atlas entre las manos, invocó con fe a los dioses que pueblan en los Eddas y el milagro se obró, porque súbitamente se desató la mayor tormenta solar jamás conocida y uno de sus efectos más visibles fue una aurora boreal espectacular de una luminiscencia y de unos coloridos desconocidos hasta entonces.
Fue tanta la intensidad y belleza que incluso los habitantes de la zona se sorprendieron por la magnitud del fenómeno. El cielo se tiñó con un grandioso estallido multicolor de violetas, amarillos, anaranjados y verdes luminosos.
Pablo, desde las afueras de Tromso, se olvidó del frío polar y del cansancio y mirando hechizado hacia el cielo, giraba sobre sí mismo con los brazos abiertos, sonreía y tan solo acertaba a musitar:
-¡Mírala, Fina, mira qué maravilla!
Al día siguiente las imágenes captadas casualmente por las cámaras de la agencia France-Presse desde el Rêveur IV, un crucero de recreo francés que navegaba por la costa de los fiordos en el norte de Noruega, abrieron los informativos de medio mundo, descabalgando las noticias de guerras, atentados y demás calamidades. La más anciana de los pasajeros, declaraba entusiasmada ante la cámara con un marcado acento español:
-¡Ha sido absolutamente increíble! Estoy a punto de cumplir los noventa, vi mi primera aurora hace casi cincuenta años; en este tiempo he podido disfrutar de más de cinco mil, pero puedo asegurar que ninguna se puede comparar a la que se ha visto esta noche, solo por verla ha merecido la pena vivir.
Texto e ilustración: Pilar Aguarón Ezpeleta