02 abril, 2012

New York, New York


Aquella tarde los ojos semi cerrados y los labios entreabiertos de María, tarareaban la melodía de corrido, por todo su dormitorio. A su alrededor planeaban partituras con las notas de New York, New York. 

Feliz, bailaba, mientras las escuchaba con deseo, casi maternal; retomando recuerdos. Se amontaban en su memoria malas experiencias, y complejos pasados. Momentos con pátina, que de vez en cuando, la envuelven, y trasladan desde las paredes de cualquier cuarto, a otro lugar. A esos años difíciles, que la desangraban por dentro. Desde niña, el cartílago de su nariz se inclinaba, de forma muy aguda, hacia la deriva de su labio superior. Convirtiéndolo en hocico, lleno de tiniebla y negrura. Igual que lo hubiera hecho un tupido bigote. Suponía verdadera tragedia observarse ante el vidrio del espejo. Origen y final de su protuberancia se prolongaba, indefinidamente, sobre la boca hasta sus ojos, que lloraban lagrimones de congoja y suspiros de desesperación. Su sistema de respiración exterior, colonizaba decenas de poritos negros. Proyectando sombra abisal en su rostro que, palidecía de desesperación y deseo carnal. ¡Qué haría ella con aquel torrente de caricias guardadas! Su agitado furor sería pasto de soltería, y lecho frio. Solo un milagro pretendería
que un hombre reparara en ella. Al menor contacto, su nariz erosionaría sus delicados labios. Pero ocurrió el milagro, en la fiesta de la cerveza se animó, arrancó a bailar, y a cantar New York, New York, como una posesa. Su falda estrecha y corta, era pasto de miradas impuras, aunque su napia abortaba los bríos masculinos que, cambiaban el paso, girándose de manera disimulada. Poco a poco el eco sensual que emanaba su voz, se hizo hueco en los tímpanos de los solteros, produciéndoles multiplicación de endorfinas eufóricas que, circulaban por sus apáticos cuerpos. Y desde cualquier rincón del local, surgían sonrisas tontas, miradas de placer, ademanes de disfrute… Pronto se vio María, rodeada de una corte de hombres ilusionados, concentrados en ella; dirigiéndole voces hipnóticas y suaves palabras que, les brotaban a borbotones. Rápidamente uno de ellos se apoderó de todo su cuerpo. Sus ojos azules, la dirigieron con sus manos hacia un solitario rincón. Allí los besos superaban la suavidad de las palabras. Sus enormes narices buscaron la mejor manera de disfrutar, sin posarse excesivamente la una en la otra. La sensualidad que desde aquel día les proporcionaba el tarareo New York, New York, nunca se agotó.
Texto: Calamanda Nevado Cerro
Narración: La Voz Silenciosa
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