10 abril, 2012

!Por narices!


¿Con ese nombre debo inscribirle?¿Residiendo en P...?
La voz estridente de la funcionaria le atravesó el tímpano .
Si, señorita. Si no hay inconveniente, claro. ¡Es mi hijo, digo! Y un padre puede elegir ¿no?
Disculpe caballero, no he querido ofenderle.
Un dejá vu invadió su pensamiento, retornando al mayo de veinte años atrás. Dos noticias coincidieron aquel mes. Su nombramiento como maestro en un poblado al norte del país y la reciente paternidad. Manuel se acercó al registro para inscribir al pequeño, antes de partir hacia el lugar donde ejercería ambas ocupaciones. ¿Va de maestro a P...en la sierra?- preguntó entonces el funcionario- Curiosa aldea. Allá quizás su hijo se sienta, en cierto modo, especial.
Comprendió el calado de la afirmación la primera jornada lectiva. El alcalde hizo la presentación oficial.
Niños, este es D. Manuel, el maestro. Un murmulló recorrió el aula. Aprendan -prosiguió- aprovechen su enseñanza. Y quiera Dios y todos los santos, que algún día lo usen en biendel pueblo.
Pasar lista le llevó media hora. Eran doce. Pero cada cual portaba nombres compuestos. La

costumbre era el santo del día. Luego el del padre, abuelo y bisabuelo, el del santo que protegía de dolencias sufridas por ancestros, el de madre y abuela para que no ser tachados de misóginos. Incluso hubo quién añadió el de la Virgen, por aquello del escalafón celestial. ¡Nunca se sabe!
A la hora del recreo, las madres entregaban el almuerzo a través de la verja.
¡Hermenegildo Macaldo Eleuterio Facundo Blas, cómetelo todo! D Manuel intuía entonces propensión a enfermedades de garganta. Y la madre le rodeaba el cuello con una bufanda.
Mientras, Nicolasa Tecla Romualda Gumersinda Escolástica jugaba mirando al cielo, de donde venía el agua indispensable para el campo familiar.
Los años transcurrieron apacibles entre Bárbaras, Eleazares, Hilarios, Epafroditos, Ubaldos, Barbacianos, Eduvigis y Atanasios. Las abuelas soltaban sin pudor jaculatorias al cruzarse con su hijo, que con su único nombre, parecía desvalido. D. Manuel se esforzaba con aquellas mentes, cuya inteligencia era a menudo inversamente proporcional a la longitud del nombre.
La vida aplazó veinte años regalarles un tardano. Y allí estaba, de nuevo ante el mostrador del registro.
¡Le inscribe con ese nombre, por mis narices!
¡Jesús! . Ya voy.
No, Jesús es el otro. Este será José y... ¡Tomás de Aquino!


Texto: Paloma Bermejo Sanz
Narración: La Voz Silenciosa
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