10 abril, 2012

Vampiresas


Si las ves andar por la calle, altivas, flotando entaconadas con andares de gacela y mirada afilada, dejando entrever dientes perfectos sin tener que abrir sus fauces, son fáciles de reconocer: devoradoras de aromas, vampiresas del olor. Siempre eligen, tentando con su danza al incauto. Los eligen por sus aromas, cuantos más y variados mejor. Los olores de la belleza no le son suficientes, y en ellos también buscan aromas de cordura e inteligencia. Olores a elegancia; a cuerpo recio y sonrisa social. Los prefieren con chispa de niño en cuerpo de varón, por disfrutar del contraste de la risa infantil con el orgasmo sonoro, y sentir el placer de ser escuchadas tras las paredes de la alcoba y llenar de aromas de rumor el vecindario.
Cazan las esencias haciéndolas suyas, y contonean sus cuerpos con ademán exitoso. Crecen sus cabelleras llenas de ganchos atrayentes como anzuelos, que ellos muerden como peces embobados, y sus bocas, a menudo carnosas y besuconas, relatan salivosas los olores de su presa para engordar su ego de vampiresas expertas a costa de las miradas envidiosas de quienes las escuchan. Sus presas viven en la fascinación contemplativa, y se olvidan de lo que un día fueron. Al poco, sin apenas esperarlo, se quedan sin olores, y ya solo les queda bajar la mirada y pegar las manos al suelo, husmeando a cuatro patas las pocas prendas que ellas dejan caer para que sigan su rastro. Les gusta tenerlos así, dóciles, echados a su lado, perros amaestrados deseosos de sus caricias, lamiendo sus palabras, con narices solo para ellas.

Texto: Miguel Angel Brito
Narración: La Voz Silenciosa
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