24 julio, 2012

¡Lo corté de raíz!


Y vaya si lo corté de raíz, les cuento:
Los chismorreos nunca me han ido, por eso siempre he tratado de atajarles de raíz. Resulta que don Fidel, solterón empedernido además de próspero industrial, vecino del barrio, vivía dos manzanas arriba de la calle, compró un piso para una empleada suya. A mí, en mi calidad de Conserje, aquello ni me iba ni me venía, el tipo de relación que hubiere entre ellos no era de mi incumbencia. Raimunda, la propietaria e inquilina a tiempo parcial, resultó ser una mujer encantadora, educada y atenta. Generalmente yo trataba los temas de la Comunidad con el chófer de don Fidel. En una de sus habituales visitas coincidió con una vecina propietaria de uno de los áticos. El chófer me preguntó discretamente si ella vivía allí, pues la recordaba residiendo en una calle aledaña. Razón tenía, antes vivía en un piso bajo en una calle a la vuelta de nuestro edificio y la familia; ella, su marido y dos hijas, se habían mudado recientemente a uno de los áticos. Entonces fue cuando me comentó que la conocía porque durante el período de tiempo que anduvo trabajando con el anterior chófer, incluso viviendo en la misma casa que luego sería la suya, para conocer y adaptarse a todos los entresijos del nuevo empleo, se enteró por éste que eran amantes. Tampoco, conocer ese detalle sobre mi inquilina, me supuso ninguna alteración ni valoración moral; mientras ella se comportara dignamente en la casa y sobre todo conmigo, lo demás seguía sin ser de mi incumbencia, fiel a mi forma de pensar. Sin embargo, quiso el destino que no tardaran mucho en cruzarse las dos mujeres en el portal. A la propietaria del ático le faltó tiempo para interrogarme, quiso saber la razón por la cual aquella mujer anduviera por nuestra casa. Casi se desmaya al informarla que también era propietaria; o sea, estaban de igual a igual.¡Lo que pudo echar por su boca la buena señora! La tildó de zorra, de aprovechada, de manipuladora y no sé cuantos epítetos más le pudo dedicar. No me cabía en la cabeza que la denostara de aquella manera, si al fin y al cabo; según el chófer, las dos tenían su pasado. Claro que una lo había sabido rentabilizar y vivía con cierta holgura, mientras la otra vivía amargada y con estrecheces. Me hartaba de tal manera que cada vez que pasaba por el portal me atronara la cabeza con sus diatribas, que no pudiendo aguantar más un día se lo solté y así se acabaron de raíz los ataques a la buenaza de Raimunda. La espeté: "Bramaba y no hacía más que preguntarme de dónde había sacado esa información, pero como me mantuve firme callando la boca, cesaron los comentarios; eso sí, desde entonces me trató con mayor respeto... o miedo, ¡vaya usted a saber!"
Texto: Antonio Tormo Abad
Narración: La Voz Silenciosa
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