25 julio, 2012

Cuarto y mitad


Llegadas ya estas horas, cuando el sereno hace acto de presencia y cierra el portal, es cuando por fin me relajo. Cierro los ojos y escucho el silencio que provoca el ocaso. Descuelgo el interfono y activo el mecanismo que me permite espiar a los vecinos. Es como estar viendo a la abuela del primero izquierda tricotando un jersey rosa para su nieta, repitiendo, en una extraña letanía, un canto para atraer a la suerte. A cada vuelta de ganchillo saca del bolsillo de su bata un amuleto en forma de mano que frota sobre la quiniela de la semana. Me llegan, del tercero derecha, los gemidos de la ninfómana masturbándose alocadamente con algún juguetito de los suyos, mordiendo las sábanas de rabia, lamentándose de su acalorada agorafobia. Las gemelas del segundo izquierda juegan bajo las sábanas a las tabas, puedo escuchar el chasquido de los huesos al chocar. El fetichista homosexual del tercero izquierda lame incesante algún pie desnudo. Puedo oír cómo la de del primero derecha pica, sobre una tabla de olivo, un amasijo de carne y tendones; Tronco espera impaciente, sentado, moviendo la colita que golpea rítmicamente la pata metálica de la silla. La gótica del segundo derecha enciende las velas del candelabro, hace conjuros de desamor mientras va arrancando dientes a una calavera peluda. Es como estar observándolo todo. Es como si pudiera viajar a través del telefonillo y verlos a todos, incluso a la portera... o el portero... o no sé qué es ya, tras cambiarse de sexo varias veces en este mismo año. El... la portera deja preparado en su puerta un cubo de pintura roja para que mañana temprano vuelva el pintor y no tenga que levantarse. Puedo escuchar las gorgoritas explotar en la superficie del cubo... puedo incluso olerlo... es dulce. Algo me hace desviar mi atención al vecino del ático. Le oigo recitar algo ininteligible. Escucho cómo se cierran uno a uno cuatro grilletes unidos a cuatro cadenas. Lo veo, puedo verlo; flotan en el aire. Es como si estuviera apresando a un ente, o... a un... sí... a mi alma. Puedo sentirla palpitar, con esa tenue luz azulada. Comprendo que es mi mente la que es capaz de escucharlo todo, de verlo todo, de sentirlo todo. Es como si estuviera esparcido por todo el bloque; troceado; dividido en pequeñas porciones. A veces pienso que estoy muerto, a veces, sólo a veces lo pienso, otras... lo estoy.
Texto: Enrique Moreno Martínez
Narración: La Voz Silenciosa
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