08 agosto, 2012

De peluche


El recién nacido no dejaba de llorar. Doña Rosa trajo leche y una tetilla de goma sin estrenar. Lo sacó de la canastilla en la que lo había encontrado y lo puso sobre el mostrador de la portería.
¡Anda mujer que ya eres muy mayor para dar de mamar a la criatura!- La voz de pito que venía del hueco de la escalera era de Lurdes, del tercero. Con aplomo de madre experimentada se acercó y le quitó los utensilios a la pobre sesentona. 
Mira, el biberón se inclina así para que el crío pueda sacarle todo el partido. 
A medida que iban viniendo de la calle, los vecinos se iban arremolinando en torno al bebé. Lo que no sabía el uno lo decía el otro, y el de más allá se lo porfiaba.
El nenito iba abriendo los ojos. A la pareja estéril del primero se le caía la baba. Desde hacía tres años lo venían intentando sin éxito. Ya se veían acunándole en la habitacioncita de la entrada de su piso. 
El portero insistía en llamar a la policía pero el viejo del ático no dejaba de gritarle que, vamos, ni se le ocurriera. 
Pero, ¿no ve Usted que nos da vidilla?
Dormiría en casa de Lurdes. Con los gemelos ya lo tenía muy por la mano. 
Al día siguiente, a las siete de la mañana la pareja sin hijos, endomingados se personaron en el rellano del tercero. No se atrevían a llamar al tiembre pero el marido de Lurdes que se iba al trabajo tuvo compasión y les dejó entrar. Hasta las nueve de la mañana fue un continuo ir y venir. Unos llegaron con un sonajero, los otros con

una almohada de plumas y algún despistado hasta con un bocadillo de jamón. Las vecinas del entresuelo, que llevaban años sin hablarse, hicieron las paces. Se hicieron turnos para ocuparse del pequeñajo. 
El trajín del edificio empezó a llamar la atención. Al cabo de una semana se presentó un agente. 
¿Dónde está el niño? 
¡Mira que les avisé! ¡Yo no tengo nada que ver! El portero se sintió aliviado de ver a las fuerzas del orden en la escalera.
Lurdes bajó con el bebé. Las otras vecinas acudieron al percatarse de la presencia del gendarme. 
El policía cogió el osito de peluche de la canastilla y lo rajó en canal. Uno tras otro, iban cayendo del vientre del osezno los paquetitos de maría. 
Temiendo verse involucradas en un caso de contrabando de droga, las mujeres fueron desapareciendo, por la caja del ascensor. Lurdes agarró de la mano a los gemelos y se metió para casa dando un sonoro portazo. Doña Rosa disimulaba mal un hipo que le había sobrevenido. Las vecinas de los bajos se miraban recelosas con un nuevo rencor. El policía se llevó al bebé y al oso. 
A partir de aquel día, el único contacto entre los habitantes del edificio fue un buenas tardes seco y miradas huidizas y timoratas.

Texto: Mei Morán

Narración: La Voz Silenciosa
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