15 agosto, 2012

Vuelo rasante


Solía bajar volando las escaleras. Es cierto que no había ascensor entonces. Ahora sí, pero son otros tiempos. Lo curioso es que nunca se me ocurría salir volando por la ventana de mi dormitorio. No sé por qué prefería bajar por la escalera. Recuerdo que desde la cama salía directamente al rellano, sin abrir la puerta de casa. Me ponía de pie, alzaba los brazos, los extendía con las palmas hacia abajo y me elevaba en el aire. Me dejaba llevar por un viento dulce que me daba en la cara, siguiendo suavemente el curso de la escalera.
En este ligero viaje llamaba a las puertas y las vecinas salían a saludarme. Me detenía en el segundo –yo vivía en el tercero– y charlaba un rato con los chicos de la puerta cuatro. Nos llevábamos bien, aunque me gustaba más el pequeño porque siempre sonreía, el mayor era mucho más serio. Subían a casa a ver la televisión. Les gustaban las películas de vaqueros y aquellas de Rin-tin-Tin y el Cabo Rusty. Años más tarde sus padres compraron un televisor en color y ya no volvieron a subir a mi casa. Nunca venían conmigo a volar, aunque tampoco me extrañaba. Quizás les daba reparo o tenían miedo de caer al vacío. Por entonces, yo tenía fama de estar un poco loca.
También solía hacer una parada en el primero. Llamaba a la puerta uno y salía Pepita. Me sonreía y me preguntaba cosas del colegio. Íbamos juntas, aunque no a la misma clase porque ella era un año mayor que yo. Si le parecía me invitaba a entrar en su casa. Le gustaba enseñarme su habitación. Dormía sola. Yo no, yo compartía la mía con mi tía, que roncaba mucho. Disfrutaba mostrándome las cosas que su padre le traía de sus viajes. Cosas a las que yo no podía acceder porque, aunque su padre y el mío eran representantes de comercio, el mío no ganaba tanto dinero como el suyo. Sería porque las latas de conserva, especialmente las de atún y anchoas, tenían mayor predicamento que los utensilios de ferretería. Mi padre llevaba una maleta inmensa que pesaba como toda su vida. Yo encontraba algo bobalicona a Pepita, le decía que me gustaba todo y ella se asomaba al balcón para verme salir a la calle. Yo seguía con mi vuelo hasta que llegaba al portal.
Allí mi madre me tomaba de la mano y me llevaba de nuevo a la cama, diciéndome que ya volaría cuando fuera mayor.

Texto: Elena Casero Viana

Narración: La Voz Silenciosa
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