17 diciembre, 2012

Mi caja de cerillas

Helicópteros dentro de una bombilla sin saber como han entrado. Sin poder salir.
Un bonsái lleno de monos.
Cuatro esquimales, con los que hablaba en un idioma que solamente conocíamos los cinco, en un rincón del congelador.
Trozos de estrella que veía caer ciertas noches de insomnio tras los muros del cementerio desde la ventana de mi habitación.
Lápices mágicos que escribían solos y me hacían los deberes mientras pasaba largas tardes jugando a fútbol con mis amigos.
Delfines con los que me comunicaba desde la cama justo antes de quedarme dormido y con los que después atravesaba océanos subido a sus lomos.
Y un pequeño perro negro y blanco que siempre llevaba en el bolsillo. Duque, se llamaba.
Viajes inolvidables que comenzaba con tan solo abrir un tebeo y escoger la viñeta por la

que entrar.
Pájaros que se acordaban de mí de un año para otro cuando volvía en verano a aquel pueblo que ya no existe.
Caminos que cada vez que los tomaba me llevaban a un lugar diferente.
Fotos que hablaban, canicas con bailarinas dentro enamoradas de mí.
Todo, absolutamente todo, cabía en aquella caja de cerillas que escondí una vez, cuando era niño, no recuerdo en que cajón.


Texto: Fran Rubio