30 diciembre, 2012

Siempre al límite

El parte médico no dejaba dudas, tenía una herida traqueteoinguinal que le afectaba desde el escroto hasta la laringe. No era de extrañar, había siempre estado al filo de la navaja y al final se había cortado. Estaba en la cama del hospital vendado y sedado. Era como una siamesa unido sólo por la cabeza, desde el cuello estaba dividido en dos. La diferencia era que los órganos no estaban compartidos y no se podía separar para hacer una vida independiente.
Había que conseguir unirlo o decidir si un lado sería el que saldría adelante. Obviamente el del lado del corazón tenía más puntos pero no era determinante. El lado derecho siempre había transportado la cartera y además el pene estaba en este. Sin daños aparentes.
Finalmente el cirujano jefe se quitó su cinturón y rodeó las cinturas apretando tipo torniquete. El mismo día tuvo el alta y es mismo día al llegar a casa, rodeó a su mujer por la cintura, la empujó suavemente sobre la cama y se desnudó. Al quitarse la correa, se abrió en un spagat bestial desparramándose en la tarima de la habitación.

Texto: Ignacio Álvarez Ilzarbe.