02 enero, 2013

El cuerno de oro


Puente de Gálata (Foto tomada de Internet)

Uno nunca puede estar seguro de cual es la verdadera función de una obra de ingeniería. Ocurre con el puente Gálata, que cruza la entrada del cuerno de Oro, en Estambul.
Para los turistas es una manera de asomarse al abismo de un mar que se bifurca.
Para los trabajadores de la otra orilla —cualquiera que sea ésta— el camino de vuelta a casa.
Los pescadores cetrinos que, apoyados en la baranda, aguardan con indolencia la tensión de la caña, lo consideran un estado del alma.
Para los camareros que trabajan en los barcos-restaurante anclados en la orilla es una sombra sobre las aguas tornasoladas recién llegadas del Bósforo.
Si queremos profundizar en el asunto, tendremos que tomar una perspectiva más atrevida, entrar en un medio más denso. Hay que sumergirse en esas aguas de plomo y tratar de imaginar el puente desde abajo, visto con los ojos gelatinosos de un pez.
El agua se desliza por entre las hendiduras de las escamas y provoca ligeras turbulencias que impulsan y sostienen. A contraluz del arco iris de aceite se recorta una línea de pequeños espejos metálicos que seducen y atraen como imanes.
La trayectoria se desvía hacia la luz y se dirige hacia esos garfios metálicos de los que penden trozos de carne que serpentea. En el efímero instante en el que el arpón atraviesa el paladar, justo antes de que el estallido del aire golpee las branquias —y el pez se convierta en pescado— se descubre que el puente Gálata no es más que la entrada a una trampa mortal.
Como ocurre muchas veces, el conocimiento llega un segundo después de la necesidad.

Texto: Paz Monserrat Revillo
Narración: La Voz Silenciosa