08 enero, 2013

Mi cuñada


Yo es que con mi cuñada nunca he podido, la gorda esa, si es que no sé cómo engañó a mi hermano, será con las tetas, porque con otra cosa... Bueno sí, y con el pico, anda que tiene lengua, la tía, suelta sueltísima. Yo la pillé desde el principio, tan cariñosa ella, tan dispuesta a colaborar "en lo que haga falta, que para eso está la familia". ¿La familia?, ¿qué familia? Que colabore con la suya que nosotros nos colaboramos solos. Pareciera que según ella, esta familia no marcha sin sus impecables incursiones en terreno ajeno.

Todavía recuerdo cuando mi padre estuvo enfermo, malito estuvo, sí, en el hospital, pues ella llegaba fantástica de la vida a la hora de la visita, despachaba amabilidades en sonrisas postizas y se largaba al momento porque tenía que atender a los niños. Sí, los niños, lo que le impiden a ella pasarse las tardes cafeteando con las amigas por el centro mientras mi hermano trabaja para mantener su tren de vida, que parece una marquesa entre ropas y peluquerías. Bueno, ella también trabaja de funcionaria de ocho a tres, es la jefe de

sección de su departamento, pero lo que ella hará allí no creo que le dé para partirse las uñas. Y ahora, con lo de mi madre está derrochando de nuevo sus encantos, tiene a toda la familia embobada con su despliegue de medios, "me avisan si pasa cualquier cosa y a cualquier hora, que yo llamo a mi amigo Antonio, el médico, y él nos aconseja lo que debemos hacer". Ya ves tú, como si mi madre no tuviera su propio médico al que también podemos llamar a cualquier hora, y bastante amigo de ella que es también, después de tanto tiempo.

Lo de la cena de Navidad de este año ya fue mucho: que si “en mi casa de toda la vida se han cenado cinco platos”, que si “el cava se lo mandan a mi padre directamente desde la bodega, de toda la vida”, que si “la vajilla ribeteada en oro era ya cara en la época de mi bisabuela”, que si “a mí no me importa que las servilletas no vayan a juego con el mantel –porque sus hijos acabaron con ellas el año pasado haciéndose gorritos de Papá Noel, que hay que ver lo malcriados que los tiene–, yo me adapto a todo”… Y ya el colmo es la caída de pestañas que le regala a mi marido a la menor oportunidad, que yo creo que le gusta desde siempre, por eso ya me ocupo yo de que se sienten en paralelo para que no se me distraiga en el escote. En fin, una delicia, como siempre.

Yo porque no soy nada envidiosa ni celosa, porque si no, sería insoportable.

Texto: Ángeles Jiménez

Narración: La Voz Silenciosa