15 febrero, 2013

Autoterapia

No debes llorar solo, ahorras abrazos perdiendo consuelo. Las lágrimas humedecen el dorso de tu mano sin erosionar cauces de empatía. Tu mirada se pierde en un horizonte miope evitando el reflejo en cálidas pupilas. Vuelan las pestañas al ritmo de los saltos de tu pecho y no se aprietan al ritmo de otro más tranquilo. No estrechas entre tus manos el amparo ciego haciéndolas deambular nerviosas sin sitio. Apoya tu hombro entre mi rostro, que nuestras espaldas se toquen a través de nuestro abrazo y déjame que te enseñe con un ejemplo largo, largo, sin prisa.

Texto: Ignacio Álvarez Ilzarbe.