07 marzo, 2013

El gran actor

Antonio Constantini, nacido en Italia y criado en Boedo, era un actor singular, solo se dedicaba al teatro, porque no creía en la cuasi perfección del cine: los errores en una obra eran parte de ella. Todo el que había visto una obra en la que él actuaba decía que su papel era el mejor, que su interpretación era magnánima; esto le valió muchos premios e incontables entrevistas, todavía quedan algunas fotografías en las que se lo ve actuando.
Estudió teatro desde chico, pero el problema era que no le convencía ningún método conocido, así que tomó el camino autodidacta, actuaba con amigos, se presentaba ante cualquier compañía que empezaba a gestarse; mezcló todos sus conocimientos y de todo eso creó un método personal. Con el paso del tiempo comenzó a experimentar más, hasta llegar a hacer más creíbles sus interpretaciones. Esto era simple: todo lo que pasara en el escenario debería ser real. Así fue como en una puesta de Frankenstein, interpretó el papel del doctor y pidió un cadáver real para realizar las operaciones, la gente aplaudió de pie y comentó lo perfecto de la sangre. En otra oportunidad, su personaje era un alcohólico abandonado que rompía un espejo con su puño, solicitó que el whisky fuera real, por lo que en mitad de la obra su actuación era realmente tremenda, la gente estaba en éxtasis, los vómitos en el piso mezclados con la sangre de sus nudillos resultaban olores desagradables, pero el público siempre pedía más. La última interpretación de un papel principal que se le conoce fue en una obra sobre la vida de Sócrates de Atenas. Se dejó crecer la barba y afeito su frente, a semejanza de una escultura del filósofo. La obra concentraba todo lo que los discípulos escribieron y dejaron ver acerca de su maestro, hasta el día de su juzgamiento y el acatamiento de este a la pena de muerte por envenenamiento por cicuta, la cual fue pedida específicamente por Antonio. Él sabía que también sería su despedida de las tablas, a los setenta y siete años de edad. Bebió del cuenco, que contenía una alta dosis de la planta y al cabo de treinta minutos, mientras decía unas palabras al público desde su prisión y comentaba lo de «no dejar obra escrita, sino que cada uno debe desarrollar la suya», se inclinó de rodillas, miró hacia el cielo y comenzó a convulsionar, se retorció, mientras una saliva oscura salía de su boca. Cayó el telón, y el público presente se puso de pie y comenzó a ovacionar, a gritar, a aplaudir, pero el telón nunca más se abrió.

Todos esperaban que los actores saludaran —ya lo había hecho antes en un obra en la que le disparaban y en la que él apareció con la herida sangrante—, pero esta vez no ocurrió. Nadie más lo vio. Hay quienes creen que todo esto que se cuenta es falso y que era un actor más, que su retiro fue un truco muy bueno para crear un mito. Lo cierto es que Antonio Constantini hubo uno solo y nunca enseñó su arte, porque, al igual que Sócrates, creía en que cada uno desarrolle el suyo.

Texto: Gastón Pigliapochi