12 mayo, 2013

Noche de Luna. Capítulo II


Se zafó de su abuelo con un quiebro, culebreando pared abajo, esquivando los brazos que la sujetaban. El pelo mojado azotó al hombre al escapar de su lado.
—¡Que me dejes en paz!

Subió las escaleras de dos en dos. Los pechos saltaban bajo la fina tela húmeda, al compás de sus zancadas, las largas piernas, morenas y firmes, desafiantes.

El portazo sonó a bofetón.

Soltó el pareo en el suelo, se sacó el bañador a tirones. Sobre la cama, el vestido negro parecía hacerle muecas. Esperaba su cuerpo con las mangas como brazos abiertos y el cuello, opresivo, cerrado con botonadura inexpugnable.

El sabor amargo de la cólera se sumó al de la sal que se acumulaba en sus labios, el estómago se le contrajo en una gran arcada. No la encerrarían en ese traje.

—¡Noooooooo! —aulló, asomando el torso desnudo por la ventana, sin importarle que Feliciano estuviera sentado en el tranco de su casa, vigilando, como siempre, por si se

escapaba algo con que llenar su mirada—. ¡No, no, no, no, no!

Se volvió hasta la cama y se abalanzó sobre el vestido y, sin pensarlo dos veces, lo lanzó por la ventana.

Feliciano lo vio caer, como un fantasma de luto, flotando, temblando, silencioso suicida, y de un salto se plantó en la acera contraria para apropiarse de algo que pertenecía a la mujer que deseaba. Lo olisqueó, buscando el rastro de Viviana.

—¡Mierda! —escupió— ¡Pero si solo huele a suavizante!

Soltó el vestido y lo apartó de sí con una patada para volver a su puesto y esperar una nueva visión afortunada que hiciera que el día mereciese la pena.