21 diciembre, 2013

Deus ex machina, todavía

la desconsideración de los creadores
 introduciendo un Deus ex machina 
Cuando se está escribiendo una historia, por ejemplo una novela o un guión de cine o televisión, muchas veces se alcanzan situaciones embarazosas de forma no planificada. Son situaciones que hay que resolver de alguna manera, porque la alternativa es deshacer gran parte, por no decir todo, de lo tejido hasta el momento o, cuando menos, deshacer hasta que demos con el punto mal cogido y que dio lugar a tal enredo.

En el teatro griego era frecuente recurrir a deidades que arreglaban esas situaciones difíciles mediante apariciones o mediante el uso de sus capacidades sobrehumanas. Este recurso es conocido como Deus ex machina, es decir, «Dios saliendo de una máquina»; ¿quién se atrevería a cuestionar los actos de un dios? Sin embargo, actualmente, sin dioses ni máquinas, sigue siendo un recurso muy utilizado, demasiado utilizado por los autores que menos respetan a su público.

Si como lectores, espectadores o público, prestamos un poco de atención, es casi seguro que detectaremos en no pocas historias (novelas, películas, series de TV…), más de un deus ex machina que viene, desde el mundo de lo absurdo, a darle curiosamente un toque de lógica al resto de la historia que nos están contando; desbaratando con ello todo esfuerzo precedente o consecuente de hacerla atractiva a la audiencia.

Aunque actualmente este recurso es utilizado, en contra de todo respeto por el público y en contra de todo gusto y de todo respeto por la literatura y el cine en sí, para mayor gloria de la taquilla; es esperanzador comprobar cómo resulta cada vez más difícil engañar al receptor de las historias.

¿Cuántas veces no nos sorprendemos ante un giro inesperado (e ilógico y hasta absurdo) en el desarrollo de la trama?

Levante la mano aquel que no haya dicho alguna vez “y esto, ¿a qué viene?“, o “y ¿cómo conoce este dato tal o cual personaje?”

Estas situaciones alertan nuestra lógica, son la salida de tono de un instrumento desafinado que arruina una sinfonía más armoniosa, veamos algunos ejemplos:
  • El viejo personaje nuevo. Es un personaje no presentado anteriormente durante la historia que, sin venir muy a cuento, hace acto de presencia de forma abrupta y dice o hace algo, gracias a lo cuál, un conflicto aparentemente irresoluble queda limpiamente resuelto, explicado o disculpado. Suele ser este personaje un viejo conocido de otro u otros de los personajes y alguien que, al parecer, perdió todos los trenes anteriores para llegar a tiempo a la historia que nos están narrando. Son personajes de los que el narrador no ha tenido la precaución, ni el oficio, de presentarnos antes, aunque sea de pasada. 
  • El dato escondido. Como mucho se suele presentar como justificadamente escondido y viene a explicar tal o cuál actitud del protagonista que resuelve el conflicto en el que se halla inmerso. No está en absoluto justificado haber escondido un dato tan importante. Es un error tan común como tan fácil de solucionar; sería suficiente con volver a un punto anterior y hacer, siquiera, una sutil mención a su existencia o a la posibilidad de su existencia. Tal solución redundará en la buena opinión que el receptor de la historia se forme sobre el emisor, y que estará en directa proporción al respeto que éste le demuestre a la inteligencia de aquél. 
  • La mochila sin fondo. El protagonista, de repente, tiene a su alcance tal o cuál herramienta o utensilio sin el cuál es imposible salir del atascadero, pero que nunca cargó en su mochila, o al menos lo hizo a espaldas del lector/espectador. Estamos viendo una película en la que el mundo está en peligro y sólo el protagonista lo puede salvar si dispusiera de dicha herramienta. Casualmente, el guionista, que pasaba por allí, se la echa en la mochila sin que ningún espectador de la sala se percate de ello. Esta constituye una falta de respeto tan flagrante a la inteligencia del espectador que la consecuencia más normal será que las siguientes obras en las que participe el autor, sean boicoteadas por el espectador víctima del engaño. 
  • El personaje omnisciente. Esta fórmula es muy del gusto de los guionistas de cine y televisión actuales, que recurren a él de tal forma que cabría hacer una serie de TV cuyo protagonista fuera un escritor que no sabe tejer una historia sin uno de estos personajes. El personaje omnisciente tiene conocimiento absolutamente de todo lo que ha de conducirle al siguiente paso que exige el guión, pero además tiene conocimiento de ello con tal exactitud que llama la atención de cualquiera que esté un poco atento y debería llamarla de cualquiera que no lo estuviera. Lo detectamos tras una sencilla reflexión a la que sigue un comentario del tipo “Y éste, ¿cómo sabe esto o aquello?“.
El uso de este recurso vendría a ser, por tanto, una traición al lector/espectador, un menosprecio a su inteligencia. Deus ex machina es un calcetín viejo con un grueso zurcido en el talón, que hace incómodo el caminar hasta para público más liviano.

Al descubrimiento de un Deux ex machina, sigue la lógica indignación del lector/espectador que muy posiblemente cierre el libro para siempre o cambie de canal hasta que termine el fraude. Esta indignación del receptor de la historia es un elemento tan lógico, que cuesta creer cómo el escritor o guionista que utiliza este recurso no se ha percatado de sus devastadores efectos y que tengamos que seguir hablando de Deus ex machina, todavía.

El escritor en su Esfera

Deus ex machina, todavía
Artículo: Victor J. Sanz