02 septiembre, 2014

Claroscuro


He perdido mi sombra en el metro.
Con las prisas, se cerró la puerta, precipitándome hacía el interior. Luces arias de neón o ledes blandían infinitas ondas bombardeando mi espacio-tiempo. Con la nariz aplastada en el cristal, apretaba desesperadamente el botón de apertura en vano, me pareció verla deslizarse por el andén. Mi última amistad. Quise ver a alguien lanzándose tras ella o al menos eso me pareció observar con mi pupila estirada llorando por el contacto con el vaho frío. Desolado, por lo inconveniente del caso, sentía la corriente gélida chupar el perímetro de mis suelas donde sufría el desgarro fresco y debilitado. Me temblaron las piernas y agarrándome a la barra como una novata en pole-dance, regurgité la introexplosión de mi estómago. Sin blanco, hacía nada sin intención, sin pelos ni plumas, todas las horas tranquilas que había rumiado durante la noche. No puedo andar sin trastabillarme, me falta la pestaña de recortable que malvivía en los más bajos. Miro lastimeramente a la niña sentada en el reservado. Su mirada como un láser, atraviesa mi penuria y se cruzan sus rodillas sin entender mi necesidad. A pesar de la oscuridad desgarrada y las lágrimas sofocadas, el sucio aura me envuelve y me arrincona. Agarro con desesperación la gravedad que se me escapa como un torrente, luchando contra el aire, braceando contra el desfallecimiento. Cansado, sin conocer por qué, buscando el motivo de mi desazón, agacho mi orgullo derrotado. Abatido abandono el vagón, despidiendo la veloz burbuja de claridad, amagando una mirada a la profunda tiniebla que nos ha arrojado, intentando desnudarla. Suplicando el retorno de mi lado más transparente.

Súbitamente Iluminado por su oscuridad, como un títere me arrastra mi pequinesa al aparecer escondiéndose del polvo que la ilumina.

Texto: Ignacio Alvarez Ilzarbe