13 noviembre, 2014

Presencia

Siempre le sigo, a todas partes, en todo momento. Algunas veces mira en mi dirección y me atraviesa con la mirada perdida, otras veces finge que no sabe que me encuentro allí.

Al principio él reaccionaba violentamente, incluso más violento que antes; pero ahora no. Ya no me arroja cosas ni me grita que desaparezca. Últimamente, cuando toma conciencia de mí, sólo hunde su cabeza entre las manos y llora en silencio.

Pero yo nunca lo voy a dejar, jamás abandonaré su lado.

Ese era su deseo. Era lo que él me gritaba la noche que, borracho, iniciaba otro ataque de celos injustificados.

-¡Eres mía! -gritaba- ¡Sólo mía!

Me empujó contra la pared de la cocina.

-¡Nunca serás de nadie más!

El reverso de su mano izquierda me dio de lleno en la cara.

-¡Y estaremos juntos para siempre!

Un golpe cruzado de su puño derecho me quebró el cuello.

Ese fue el golpe que me mató.

Juntos para siempre. Así será.