17 enero, 2015

Cuento para Mikel

Hace calor en el refugio instalado en lo alto del gigantesco árbol de este límite del desierto africano.
Monto en mi camioneta con mi guía Xabi que es negro como el carbón del Olentzero.
Creo que me entiende cuando le digo si ha revisado las armas pero no me da tiempo, arranca como un loco y las ruedas parece que gritan como si despertasen de la siesta.
Avanzamos bastantes kilómetros entre arbustos que nos llevan al terreno elegido donde suelen cazar los leones. Esto es lo que vamos buscando, un león terrible que está matando el ganado de nuestros amigos los kalimotxo, una tribu muy peleona.
Empiezo a preparar las armas, me pasa el Magnum y está derretido ¡Maldito calor!
Aparece el león, cree que no le vemos porque está escondido detrás de un poste de la portería pero, el león es grande y el palo delgado.
Saco mi rifle de largo alcance con dardos tranquilizantes y disparo 3 veces pero no le doy. Le pido a Xabi que me pase más y me da un balón. No! le digo, quiero más munición.
El león está llegando hasta nosotros. ¡Xabi! ¡Xabi, pásamela! Le miro y no tiene más.
Sudo mucho por el miedo y tengo las manos sucias del helado de chocolate. En ese momento me acuerdo del truco que a mi madre no le gusta y siempre me regaña.
Me meto el dedo en la nariz, hago un perdigón, lo pongo en la escopeta, disparo y el león cae atontado delante de mí.
Es gigantesco. Miro a mi lado, me abrazo y nos ponemos a cantar,
¡Campeones! ¡Campeones! Oe! Oe! Oe!

Texto: Ignacio Alvarez Ilzarbe