03 junio, 2015

Juventud

Le había visto en otras ocasiones, de pasada, pero no me había fijado en él. Ahora en clase de filosofía me sorprendía la insistencia con que preguntaba al profesor y le demandaba explicaciones sobre la diferencia entre Platón y Aristóteles, entre el mundo de las ideas y el dualismo cuerpo-alma. El profesor explicaba que para Platón los conceptos eran ideas y para Aristóteles formas, pero yo no atendía a la clase…, solo le miraba a él.
Con su abundante cabello rizado y esa frondosa barba negra, no era el chico más atractivo de la clase, pero sí el más varonil, o al menos, a mí eso a mí me parecía. Yo escuchaba la explicación de fondo porque apenas restaba atención en mi mente para concentrarme en algo más que no fueran esos carnosos labios y esos ojos profundos que miraban con peculiar atención al profesor mientras le respondía.
Era mi primer curso en el instituto. Siempre había estudiado en un colegio privado donde todos nos conocíamos desde pequeños. Y aunque siempre había estado enamorada de algún chico de la clase y suspiraba por él mientras me distraía de las explicaciones de las

profesoras, a las que llamábamos “señoritas” y de algún profesor, nunca me había sentido libre como hasta entonces. En este nuevo espacio yo había dejado de ser crisálida; ahora era libre.
Toda la vida, por temor al ridículo, a me juzgasen o a destacar por saber más o por no saber, había permanecido en el anonimato. Si no entendía algo, no lo decía; y si lo sabía, tampoco respondía a las preguntas de los profesores. Nunca había destacado ni por mucho, ni por poco, aunque en los últimos años de bachiller, bien podía haberlo hecho, y con lucimiento. Pero temía salir de mi cascarón, de mi capullo de protección.
Siempre con la mirada fija en Salvador o en Alberto, los que nunca conocieron mi pasión por ellos; observaba sus reacciones, comportamientos, gestos…, en tantos años de estar unos bancos más allá, los conocía mejor que sus amigos, sus familias, pero ni ellos ni nadie lo sabía. Me moría de amor por ambos, unos cursos por uno, otros por el otro, a veces por los dos. No voy a decir que lo mío fuera la monogamia, pues podía estar enamorada con la misma intensidad por los dos niños, que luego fueron muchachos y después hombres, y nunca dejé de amarlos a los dos por igual. A veces hasta entró un tercero, Vicente, pero era porque tenía unos preciosos ojos azules y dábamos clases de mecanografía juntos, al menos en teoría; nos pasábamos horas juntos, en privado, hablando de la guerra civil y las batallitas de su abuelo en la División Azul. Y entre estas discusiones políticas, podíamos hablar de nosotros mismos o nuestros gustos. Yo nunca había podido entablar una conversación tan directamente con un chico que me gustara con tanta libertad. Ahí estábamos los dos solos, sin censura de nadie, y sin miradas ajenas. Pero él no sentía nada por mí.
Pero ahora había conocido a este chico; era joven como yo, tendría diecisiete años, pero era mucho más maduro física y mentalmente de lo que ninguno de los de mi anterior colegio me había parecido. Quizás porque con los demás “había vivido” toda mi infancia y adolescencia. Ahora empezaba mi juventud.


Texto: +Victoria Suever