06 septiembre, 2015

Cuando compras algo a un artista...

Cuando compras algo a un artista estás comprando mucho más que un objeto:

Estás comprando cientos de horas de fracasos y experimentos.

Estás comprando días, semanas y meses de frustración y de puro gozo.

No estás comprando una cosa, estás comprando un trozo de corazón, 

una parte del alma, un momento de la vida de otra persona.

Paseo, es casi media noche, por una ciudad cualquiera. 
En un rincón de una calle escondida
La artista sin nombre que no firma sus obras.
me llama la atención una pequeña luz. Me acerco y observo que a esa luz le da autonomía una minúscula batería silenciosa. A su lado está sentada una mujer. Es joven, incluso guapa, está muy tatuada... ¿Qué hace?, ¿pide dinero? Seguro que no, de lo contrario frente a ella no tendría a un grupo de personas observándola. La gente huye cuando le piden dinero o quieren venderle algo. ¡Es una artista! No hay dudas. Una artista callejera. Está absorta en su labor, ajena a que la contemplan, no levanta la cabeza. Toma entre sus manos un azulejo blanco. Tiene sus manos enfundadas en unos guantes plásticos, muy desgastados y negros de tanto uso y de tanta pintura. A sus pies una caja llena de pinturas de óleo a granel, con infinitos colores corrompidos. Mete en ellos los dedos y saca una nuez de azul que se pone en la palma de la mano y con un gesto de muñeca electrizante y como por arte de magia crea un cielo sobre el azulejo. Se limpia la mano en el delantal que viste, corrompido por los miles de colores, y mete otro dedo en la caja y saca ahora una nuez de color negro, y con la yema de los dedos hace dos borrones y aparece una imponente montaña con sus matices de gris. Vuelve a meter otra vez la mano en los colores y la magia sus dedos ahora crean plantas, piedras, rojos tajinastes, el mar, el sol... Y me maravillo viendo como en menos de cinco minutos nace un mundo de sus dedos, que patinan sobre el azulejo sobreponiendo capas de pintura que adquiere infinitos matices. Sin planificación, sin boceto... Todo improvisación. Allí permanezco plantado y abducido por su técnica, por su arte. Estoy absorto ¡Quiero ese cuadro! ¡Quiero esa obra! Me fijo en un cartel que está en el suelo y que pone: 5 €. No parece un cartel realizado por un artista, sino por un niño en el kinder. Ni por un instante ella ha levantado la vista, está enfrascada dándole los últimos toques de blanco a su obra. Espero impaciente a que termine, aunque lo que realmente me gusta es ver como trabaja. Concluye secándose los guantes en su delantal, levanta la vista y me mira a los ojos. Yo asiento. Le coloca un alambre al azulejo para poder colgarlo y me lo envuelve. Le doy los 5€, me sonríe y me da las gracias. Atrás dejo a la artista.


Me voy con mi obra, la cual tardó más en empaquetarla (estaba fresca), que en realizarla. Tenía curiosidad por ver la forma en que me la iba a entregar: su embalaje fue otra genialidad. Y me voy reflexionando sobre la artista que dejé atrás. Alguien que me hizo disfrutar con su trabajo. Alguien que me entregó parte de sí. Y cuando llego a casa lo desembalo de inmediato para contemplarlo y me doy cuenta de que no firma su obra. No sé ni cual es su nombre. El ego de los artistas hace que siempre firmen sus trabajos. ¿Ella no tiene ego? De repente me da vergüenza haberle pagado solo 5€ por su arte. Pero es lo que ella pedía.
Azulejo pintado con los dedos cuyo
arte es la técnica de realización.

En casa ya ocupa un rincón que me rememorará, cuando lo mire, el momento que me hizo pasar. No contemplaré el motivo, solo el momento que viví.  

¿Por qué levantó la vista y no miró a nadie más de las veinte personas que estábamos allí?

Desde aquí este pequeño homenaje a todos los artistas anónimos callejeros.