21 junio, 2010

Guiyu



Alguien decidió que ese era un buen lugar para llevar toda la chatarra del mundo. Para empezar, pasaba un río limpio con pesca abundante. Había hierba verde y flores silvestres. El aire era puro y los pájaros sabían construir nidos. Sus seres humanos dormían confiados en las noches musicales de grillos.
Nadie dudó en descargar allí unos cuantos miles de toneladas de chatarra importada. Allí crecerían los centros de fundición de metal fuertes y seguros. Las aguas del río podrían arrastrar los vertidos negros junto a los cadáveres de los peces y los humos espesos y las brumas ácidas podrían mezclarse con las nubes y llover veneno en otros lugares o sobre sus propias cabezas. Junto a la chatarra de un mundo mejor podría llegar una legión de campesinos sin futuro ni posibilidades. A ellos no les importaría trabajar dieciocho horas al día, comer hortalizas con dibujos de calavera y respirar aire de química extraña. Cobrarían un poco más que en el pueblo y ganarían el derecho de enviar a sus nietos a la frontera del mundo mejor. Ese mundo donde se asegura que la chatarra no existe y quien dijera lo contrario solo estaría intentando asustar con un mal cuento chino. 

Texto: Ana González Rinne. ilustración: Lola Lorente.
Narración: La Voz Silenciosa