21 junio, 2010

Monstruo de luz de luna





Bajó los escalones con sus pequeños pasitos asustados, cuidando que sus piececillos desnudos amortiguasen cualquier ruido.

El monstruo que a menudo la acechaba detrás de las cortinas estaba dormido, repleta su barriga peluda de huesos de niños y gatos. Seguro, seguro, eso era seguro. Porque no aparecía su Mariquita Pérez ni su gatito de peluche, ése que encontró en el armario cuando se mudaron a la casa de la abuela.

En su habitación hacía demasiado calor. No podía dormir con las ventanas abiertas y la luna se colaba hasta su cara y saltando de pared en pared y despertaba a los duendes que viven entre las grietas del enfoscado.

Así que aprovechó que el monstruo dormía para salir de su dormitorio y recorrer la enorme distancia que por la noche separaba su cuarto del de su abuela. Con el corazón temblando y las manitas tapando el pecho con fuerza para disimular el ruido, llegó al salón.

Sólo unos metros más y llegaría a la habitación de la abuela, ya podía ver la puerta,
entornada, casi podía olerla, oírla rebullirse en la cama, suspirar en sueños.

La luna entrometida se deslizó a través de los calados de los visillos y la delató, chivata.

Su imagen flacucha se reflejó en los cristales de la vitrina, distorsionada y cambiante con la luz de la luna a su espalda, entremezclada, rota y recompuesta con las siluetas de las muñecas que se apilaban dentro.

Guiñó los ojos para verse mejor, para comprobar que realmente la mancha que resbalaba, vacilante, por la superficie transparente y brillante del mueble era ella. Alzó un brazo, lo movió a un lado y otro y siempre estaba allí, descompuesta en pedazos de sombra, pero ella misma. Una muñeca más entre las muñecas.

Tocó las aristas de la vitrina, notó el frío del vidrio y aplastó la nariz contra él para ver mejor lo que había dentro.

Muñecas de porcelana, de trapo, de cartón, articuladas, de cabellos casi naturales, de mejillas pintadas, grandes, chicas y medianas, extranjeras algunas, muy antiguas otras. Unas sobre otras, unas junto a otras dándose calor, cuchicheando entre sí los secretos de la casa y los visitantes, recordando todo lo que pasó, testigos de tantas idas y venidas que nadie podría imaginar.

Pegó la oreja, casi podía escuchar con nitidez sus susurros, las historias y cuentos que se estaban contando. Y, de repente, se formó un terrible alboroto, siseos y crujidos de alerta.

Se apartó con rapidez, asustada. La luna chivata la había delatado.

El frió trepó por sus piernecitas hasta el pecho y los brazos. Temblaba, no sabía qué hacer, las lágrimas la atragantaban, indecisas.

Las cortinas se removieron, el monstruo la había descubierto. Su sombra terrible reptaba por las paredes y las baldosas del suelo, su aliento helado la perseguía, su gruñido de hojarasca la dejaba paralizada.

Las muñecas se retorcían en sus estanterías, la llamaban con grititos sofocados, le indicaban por dónde podía escapar, pero no se ponían de acuerdo y la pequeña no sabía hacia donde ir, mientras el monstruo se acercaba, oscuro y frío, su silueta informe ocupando la habitación.

El monstruo alargó su garra espantosa, rozó sus piececitos, subió por sus piernas. Entonces, la vitrina abrió su puerta con un bostezo desafiante, la luna traidora reflejada en ondas de acero en su cuerpo de agua sólida.

-Vamos –le urgió con su voz hecha de mil recuerdos-, no tengas miedo.

Las muñecas se apretujaron para hacerle sitio.

- Corre, corre -susurraban desde sus labios cerrados.

Allí estaba Mariquita Pérez, sonriéndole, haciéndole señas para que trepara hasta su repisa.

- ¡Pues no se la comió el monstruo! –pensó, alborozada.

Y las lágrimas desaparecieron y ya no temblaba.

Y recordó que sólo había salido a dar un paseo, que su lugar estaba allí, a salvo entre las paredes firmes y transparentes de la vitrina, cortantes y protectoras. Memoria entre tantas memorias, testigo de juegos y palizas, comidas, secretos mal guardados, decepciones y sueños, cuentos y besos que todo lo curan.

Apartó a la marioneta para ocupar su rincón. Se sentó con las piernas abiertas, los brazos sobre el regazo y los ojos muy abiertos. Y se burló en silencio del monstruo de sombra de luna que se estrellaba, impotente, contra la puerta de cristal de la vitrina.

Texto: Ana Joyanes
Para Marimargon, Mary, con todo mi cariño