23 junio, 2010

El hormiguero



A Thomas le encantaba pasarse horas y horas viendo el ir y venir de las hormigas, participaba de su ordenado mundo, aunque a veces la tentación era más fuerte, y desordenaba ese equilibrio. Ponía obstáculos constante en una fila perfectamente alineada, un trozo de hoja por aquí, un pequeño palo por allá, hasta un trozo de bocadillo para comprobar lo golosas que podían llegar a ser.
Disfrutaba sintiéndose el dueño de ese minúsculo mundo. Él podía escribir las reglas, podía cambiar su alimentación, podía decidir quitarles su hábitat en el momento que le apeteciera, podía separarlas, secuestrar a la reina y cambiarla de hormiguero. En definitiva, le embriagaba jugar a ser Dios con los diminutos bichos negros.
Los alrededores de la casa se iban conectando, formando una red de largos pasadizos subterráneos, donde las hormigas podían liberarse de la constante manipulación de aquel gigante que no paraba de incordiar la perfecta y acomodada vida que deberían tener.
Se comenzaron a multiplicar y multiplicar, de tal manera, que el subsuelo que rodeaba la estancia se convirtió en una especie de arena movediza viviente.
Thomas se levantó aquel día dispuesto a fabricar la bomba de aniquilación más perfecta de la historia. El primer hormiguero de la derecha, según salía del porche, era el elegido, el que recibiría la mayor desolación en la historia de la especie más inferior que existía en el planeta.
Cuando puso su treinta y cinco de pie sobre el terreno, este se tambaleó, hundiéndose, las picadas eran constantes, su mano no era lo suficientemente ágil para quitar los millones de puntos negros que ascendían por sus rodillas. Al mismo tiempo que ellas subían, él iba introduciéndose en la tierra, engulléndolo y convirtiéndolo en una miniatura frente a la grandeza de millones de seres que le aplastaban y comían.
¡Noooo!, no puedo morir así…