28 julio, 2010

Los Cuervos


La garganta del barranco no era una zona de cuervos. Más bien estos solían frecuentar lomadas más altas, alejadas de aquel lugar, y donde crecían los jarales. Por lo que la muchacha cuando avistó a la bandada de pájaros negros sobrevolando el desfiladero, no pudo evitar percibir en ello un mal presagio...
Dos hombres bajaban por el sendero del barranco. Iban con prisa, y no por acortar el tiempo de vuelta amenazado por el atardecer, sino por huír veloz de aquel lugar y de su gente. Dejaban atrás la aldea a la que habían llegado hacía unos días con la intención de inspeccionar y valorar sus bienes. Era un poblado aislado rico en pastos y frutales, de alegre prosperidad, y cuyas gracias había dejado enardecidos a los dos hombres. Sin embargo, ellos con el fin de prodigarse con aquel que los había contratado, habían optado por responder al buen acogimiento de la aldea con una actitud exigente y autoritaria. Sólamente se vieron alterados sus pretenciones ante la presencia de una muchacha. Ella estaba sentada en un rincón de la habitación, y mientras el hombre más alto y rubio hacía afan por inventariar su casa, ella lo embestía con una mirada desafiante e impetuosa propia de su juventud. Tenía los ojos negros, y vestía prendas prietas y varoniles. El hombre no podía dejar de mirarla, y de seguirla tras sus movimientos.
En el valle solía reinar un silencio hueco roto a veces por los graznidos de las aguilillas, o por los balidos del ganado. La muchacha silbaba con sus dedos regordetes, y luego saltaba ligera como un podenco haciendo sonar sus pulseras y abalorios. Fue el sudor de su cuello, el olor que desprendió al levantar el pelo lo que terminó por enloquecer aquel hombre. Entre los dos la atraparon, y a golpes la aplastaron contra la tierra dejándola al final quieta y muda. Y la abuela, la vieja, se acercaba con gritos y sollozos, y levantaba violentamente su palo amenazándolos. La gente comenzó a salir de sus casas, y ellos echaron a correr mirando atrás, e intuyendo que jamás saldrían de allí.
La tarde avanzó y con ella la niebla que se desbordó como una catarata. Los dos hombres se encontraron de pronto inmersos en la bruma, colgados en  aquel abismo del barranco, y ciegos. Los aleteos de unas aves comenzaron a sonar sobre sus cabezas, luego sus garras quisieron posarse sobre ellas, y a picotazos los hicieron caer; primero uno, después el otro. Y gritaron, los alaridos se escucharon hasta el amanecer.

Texto: Dácil Martín
ilustración: Jorge Parras
Narración: La Voz Silenciosa