22 marzo, 2010

Tras la sonrisa (V)


-Victoria, dándose media vuelta, reconoció rápidamente a Juani, una vieja amiga del pueblo que había dejado a su marido, para irse a vivir a Madrid con un ambicioso comerciante de Ávila.
-¿Pero Juani qué haces tu aquí? –Preguntó Victoria, que ya había cambiado su histerismo por un tono más delicado.
-Lo mismo que tú imagino –Contestó Juani, , mientras, agarrándose de las manos, reían cómplicemente.
-¿Te acuerdas de Joaquín? –Le preguntó Juani a Victoria. En realidad todos se acordaban de Joaquín, desde el exmarido de Juani, que se había vuelto alcohólico desde que lo dejó, hasta el mismo cura que lo ponía de ejemplo sin nombrarlo en las homilías, pasando por las tertulias de la barbería, el bar o la tienda.
-Por supuesto –Le dijo Victoria, mientras, con gesto más formal, lo saludaba estrechándole la mano, sin dejar de escanearlo de arriba a bajo, a lo que éste le correspondió con un beso en la mejilla.
-¿Cómo estás Victoria? –Preguntó el apuesto y elegante Joaquín, que apenas aparentaba sus 52 años.
Entre risas y bromas, se comentaban como les iban las cosas, cómo se había metido en la aventura de hacer un crucero y lo divertido que iba a ser ahora que estaban juntas.
Pasado un rato, Victoria se percató, al observar que
Joaquín no dejaba de mirar a Juan, que no había presentado a su burro de compañía.
-¡Ah! Este es Juan, mi marido – Dijo Victoria agarrándolo por la manga de la camisa y tirando de él para que se acercara.
-¿Qué tal? –Dijo Joaquín, ofreciéndole la mano para saludarlo. Sin embargo, ya Juan tenía bastante con las maletas, como para estar haciendo malabarismo.
-Hola Joaquín –Respondió Juan, con el tono típico de voz que se utiliza en los entierros, cuando se da el pésame, a la vez que hacia un gesto disculpándose por no estrecharle la mano, cosa que agradeció Joaquín para no empaparse de sudor.
-¡Cuánto tiempo Juan! –Dijo Juani al mejor amigo de su exmarido, el cuál saludó con un movimiento de cabeza, comprobando lo bien que le había sentado a Juani su separación.
Las dos mujeres se acercaban al mostrador hablando y riendo, mientras se abanicaban, seguidas de cerca por el pura sangre y el burro que quedaba más atrás.
Las dos chicas que acababan de facturar se apresuraron corriendo hasta la puerta de entrada del edificio. Alicia y Yolanda aprovechaban todas sus vacaciones y días de descanso para viajar juntas, desde que se conocieron a través de Internet. Mientras Yolanda corría, Alicia optó por salir volando, tras partírsele un tacón, para estrellarse contra Juan, que, viéndola venir, soltó las maletas y esperó recibirla con los brazos abiertos. Tras el impacto todos corrieron para averiguar que ocurría tras las maletas. Allí estaban los dos abrazados y tirados por los suelos. Después de recuperarse del susto, Alicia pedía disculpas a Juan, se sentía avergonzada, por aquella humillante situación, y vulnerable a las numerosas miradas que intentaban reconstruir los hechos. Juan, en cambio, parecía ajeno a todo aquello, y solo parecía interesado por la nueva parte de su cuerpo que había surgido tras su cabeza. 

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