28 junio, 2010

El tesoro


Paseando por el sendero de tierra de aquella colina lejana que veía desde niña por mi ventana, curiosamente mientras descansaba sentada en una piedra, una señal blanca llamó mi atención.
Estaba pintada en el suelo, era como las “x” de los mapas marcando el punto exacto del tesoro. Como era lógico, me acerqué, clavé mis rodillas en la arena y me puse a escarbar, primero con las manos, notaba que la tierra estaba revuelta, no era difícil separarla. Cuando comenzaron a dolerme las manos me ayudé con una rama que encontré cercana al lugar.
El hoyo se hacía cada vez más grande parecía una madriguera, me encontré pequeños cadáveres de roedores que probablemente habían caído en las manos del animal que habitaba ese tremendo agujero. Por uno de los laterales se dibujó un redondo y perfecto túnel, lo suficientemente grande para poder asomarme, y cuál fue mi sorpresa que creí adivinar un reflejo dorado al final de aquel largo tubo.
Mi curiosidad era más fuerte que mi cansancio, lo que hizo seguir progresando en la excavación hacia ese reflejo dorado y llamativo.
Sería un tesoro escondido por algún maleante?..., sería un pequeño filón de oro de la misma tierra?..., sería un cofre del tesoro de algún pirata escondido años atrás, después de haber librado una gran batalla?...
Lo cierto que mi curiosidad me mandaba avanzar como un autómata, cada vez me metía más y más hacia dentro de aquel túnel, casi podía tocarlo, estaba tan estrecho que me costaba continuar, pero yo era delgada y con un poco más de esfuerzo, estirándome unos centímetros, llegaría a la meta.
Por fin mi mano rozó algo con forma redonda y pulida, mis dedos como garras iban atrayendo esa cosa dura hasta que mi mano la pudo agarrar, ya solo quedaba salir marcha atrás y poder ver, con la claridad del día, si me había convertido en la persona más rica de la comarca.
Había introducido prácticamente todo mi cuerpo por ese estrecho túnel, y empezaba a faltarme el aire, no podía ni gritar, ni agarrarme a ningún lugar para impulsarme, estaba atrapada, con el brazo en extensión, prácticamente sin circulación, y notando como se iban quedando dormidas mis extremidades.
Justo en el momento en que me daba por vencida y notaba que ese sería mi fin, sonó el despertador. Me encontré con la mano introducida por el hueco entre la cama y la pared, la cabeza bajo la almohada, y agarrando el viejo orinal dorado del abuelo.

Narración: La Voz Silenciosa