19 julio, 2010

Cerillas mojadas


Llevaban años en el estante, nunca pensaba que iba a necesitar con tanta urgencia encender un fuego, estaba petrificado por el frío. Las pequeñas estalactitas que colgaban del techo no dejaban de gotear encima de su calva coronada de gris.
Consumió, gastó el último resquicio de madera que quedaba en fabricar esos palos cubiertos de fósforo por si un día tenía que quemar su insulsa vida. Sólo quería quitarse la escarcha, quería desaparecer en el olvido pero con calor, con el que no había conseguido en muchos años, sin contacto pero caliente, demasiado tiempo muerto de frío.
Logró alcanzarlas, todo el mundo sabe que las cerillas mojadas no encienden. Fue probando una a una, no servían, ninguna servía, miró la última con la esperanza de que le concediera el último deseo, con la esperanza de que el fuego dejara las cenizas de su vida esparcidas en su pequeño espacio.
Todo se congeló en ese instante…

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