30 julio, 2010

Ella


Buscaba olvidarla sumergiéndose en otros cuerpos, pero solo lograba reencontrarla.

—Tu sonrisa, María, me recuerda demasiado a la de Ella —decía. Y se alejaba.
—Lo siento mucho, Cecilia, pero tus manos no hacen otra cosa que hacerme añorar sus caricias —y una nueva despedida.
Es dulce tu pecho, Gilda, pero el de Ella sabía a ambrosía y me resulta doloroso el recuerdo. —exclamaba. Y se marchaba.
Uno tras otro se sucedían los jóvenes y hermosos cuerpos. Muslos firmes y suaves como los de Ella, caderas ardientes como la de Ella, cabellos largos y renegridos como los de Ella.
Y ojos. Y miradas. Y labios. Y besos. Todo, absolutamente, le hacía recordar a Ella.
Cuando ya no pudo más, cuando se hartó de extrañarla, comprendió que no debía darse por vencido: Ella volvería a ser suya.
Ya no rechazó amores, consumó cada uno de ellos y poco a poco fue reencontrándola.
Los labios de Paula, los pechos de Beatriz, las caderas de Ana, se unieron a las piernas de Raquel, a los hombros de Fernanda.
Solo tuvo que encontrar una manera segura de deshacerse de los restos.
Y que Ella, ya completa, volviera a amarlo.

Texto: Miguel Ángel Dorelo
Imagen extraída de Internet

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